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Aquellos días...

Pero no me dolía.

En aquellos días

decía: le quiero,

cada palabra como

un hierro al rojo

hundido en los témpanos.


En aquellos días...

la noche 

era un desgarro,

mi garganta

horror de avispas

mis ojos

dos llagas suplicando

por el sueño de los perros.

Pero yo decía: No

me duele, 

le quiero. En aquellos

días abiertos 

como una tripa de rata

lista para 

la disección. 

Me hundía las uñas

en los ojos

y no estaba

satisfecho, me decía: 

Me debes más, ¿no

me quieres? ¡No

me quieres! Dejas

que me muera de hambre.


Y mis manos buscaban

en mi garganta

el discurso, desesperadas,

impotentes. Las palabras

correctas para

hacerle entender:

“No me duele, 

te quiero. Vano,

agrio como

la saliva

tras el vómito,

un aspirante 

a dios en decadencia”.


En aquellos días

grises, húmedos, agujas

de plomo bordando

una granada seca

sobre el pecho.

“Te quiero”. Cuando

la vida estaba 

tan vacía que hasta

el más patético 

de los hombres

parecía un recuerdo

de tierra para un náufrago

mar adentro. 

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