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Mostrando entradas de marzo, 2018

Las corzas

Aquí el primero de los dos poemas "Corzas" , ocupando el puesto XVIII en Juglans nigra , el poemario que algún día verá la luz: Corza corza, de ojos dorados, manto de seda y romero en los cascos. ¡Feroz tu inocencia, total para nada! ¡Ay sangre olorosa que ennegreces la tierra que tocas! Aquí bebe el perro servil, sordo y ciego sin reconocer a la hermana que gime besando el suelo. Retuerces el cuerpos. "Piedad" en lengua nunca entendida. Los pasos del cazador ya vienen a lomos del aire: pupila y pupila se cruzan a través del puente de tejo que tiende la muerte. Retumba un disparo . El perro ladra.

El hombre colgado

Poema escrito en su momento para un proyecto que fracasó, y que, puesto que aún estoy a tiempo, me planteo si incluir en el poemario. El hombre colgado El hombre colgado  en mitad de la plaza  como una mosca que  no concibe su final  de telaraña,  sin lograr morir,  se bambolea como un  péndulo en busca  de alguna melodía ignota.  Sin lograr morir  lanza su rostro sobre el rostro  de los transehúntes  que pasan e ignoran,  alzando las miradas hacia  los geranios rojos  de los azules balcones.  El hombre colgado  sin lograr morir pregunta  a quienes pasan a su lado alzando las miradas hacia  los balcones azules  cargados de rojos geranios  si sabe alguno de ellos  qué caminos pisa la Muerte, entona lamento de violeta por el tiempo de su espera.  Gime, como el endrino amargo,  su falta de talento para morir...

La primavera ha llegado a la ciudad

Aunque mientras escribo estas líneas diluvie y el viento aulle. Fría y luminosa, primavera. Tus flores llegaron mucho antes.  Cuando abriste el ojo largo tiempo hacía del comienzo de la danza; y todos cantaban, tañían cuerdas, grandes altavoces chirriaban pulsos eléctricos que desdoblaban la carne en la identidad infinita.  Los árboles se estremecían, se encrepaban y erizaban buscando arañar la brisa. Las risas se enhebraban con relámpagos de éxtasis uniendo todas las sensaciones en una sola pupila flamígera. Nadie paró a saludarte, primavera. A humedecer tu piel de renacida con aguas bautismales.  No gruñas, ¡baila tú también primavera! No seas vanidosa, jamás has parido la flor inmarcesible.

Minotauro enamorado

Watts, The Minotaur Minotauro enamorado Con el blando hocico alzado Minotauro  hijo atávico, lame enamorado el aire fragante de limpia sal, de ritos extranjeros donde se honra en acoplamiento del hombre y la bestia Muge, herido en el nervio. Rompe el cuello al petirrojo que viendo la astada cabeza le tomó por compañero olvidando la mano humana. Aplasta contra los muros de adove el cuerpo tibio, crujen los huesecillos de hilo. ¡Minotauro quiere alas! ¡Que no sean de águila! Quiere alas de mariposa: sólo un día volar amar morir. Minotauro quiere cambiar su herencia humana en escamas, quebrar el cuello del infame Poseidón y ser de los mares rey temido. Vislumbra en el horizonte contra el azur velas negras. No sabe por qué su corazón se agita, despierta la carne. ¡Él está harto del número siete! ¡Está harto de la sangre virgen con que aroma su pelaje de sol y cobre antiguos! ¡Pero qué almizcle viaja en la brisa! ¿A quién traen las velas negras...

"¡Calla, calla, que me influencias!"

Con el paso de los años, el conocer y el degustar, no puedo evitar ir cogiéndole más tirria a Neruda y sus ojos de pez. No obstante, hay algo por lo que me veré siempre obligada a estarle agradecirda, y es un breve episodio relatado en su autobiografía Confieso que he vivido (y como en todas partes hay blanco, negro, gris y fosforito, también contiene este libro el relato de una escena que, puesto que su autor ya está demasiado muerto como para que nos sirva de algo enfurecernos contra él, nos deja con la nausea en la garganta). Este episodio (que como cuento de memoria puede tener fallas, ya que el libro se lo dejé a un amigo que nunca me lo devolvió, y que yo nunca reclamé) es aquel en el cual, cuando Neruda va a leerle sus poemas a Lorca, este le corta, exclamando "¡Calla, calla, que me influencias!". Cuántas veces no nos habremos visto les escritores en esta misma encrucijada: por una parte, hay que leer mucho y a muches para escribir bien. Pero por la otra, ¡qué rabia cu...

Con el ojo en tormenta

Me gustaría decir que este poema (que carece de título, y no es más que .II. , puesto que ocupa en el poemario que estoy preparando) lo escribí cuando yo misma era una extranjera. Pero no fue así, sino que nació tiempo después de mi regreso, en una cafetería que me es harto conocida, en mi buena ciudad Uviéu, de la que sin embargo tanto deseo escapar, y en una servilleta de la que luego me olvidé durante bastante tiempo. Pero el hecho es que, en mayor o menor medida, en todas partes somos extranjeres, y en todo momento de extranjeres estamos rodeades. Otra cosa es que, llegado cierto punto, haya que fingir que nos conocemos y que pertenecemos, porque ser eternamente extranjere ¿quién lo soportaría? ¡Qué alegría ser extranjera! Llegar con aires de otras flores, con los labios plagados de tumbas de dioses y rebeliones de vírgenes. ¡Qué alegría ser extranjera! Aterrizar con el ojo en tormenta descargando dentelladas eléctricas en la carne de nuevos amantes. Cincelar las blancas...