¿Recuerdas la promesa que hicimos de diseccionar el fuego? Fotografiar el fuego, pintar el fuego, escribir el fuego. Mostraríamos su grandeza de animal domesticado, un gato curvándose en nuestra palma. Nos pagarían por el fuego, nos alabarían y besarían los umbrales de nuestro genio. Dime, ¿ya recuerdas? Pero el fuego quedó libre y vivo bajo el suelo mientras la cerveza nos descerrajaba el hígado, y los carretes aún siguen durmiendo su sueño oscuro, y las cerdas de los pinceles se quiebran en llantos secos, y las hojas se han llenado de una historia diferente. Y el fuego sigue vivo, animal, fénix quizá, guardián de nuestra fantasía.
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