¿Recuerdas la promesa
que hicimos de diseccionar el fuego?
Fotografiar el fuego,
pintar el fuego,
escribir el fuego.
Mostraríamos su grandeza
de animal domesticado, un gato
curvándose en nuestra palma.
Nos pagarían por el fuego,
nos alabarían y besarían
los umbrales de nuestro genio.
Dime, ¿ya recuerdas?
Pero el fuego quedó libre
y vivo bajo el suelo
mientras la cerveza
nos descerrajaba el hígado,
y los carretes aún siguen
durmiendo su sueño oscuro,
y las cerdas de los pinceles
se quiebran en llantos secos,
y las hojas se han llenado
de una historia diferente.
Y el fuego sigue vivo,
animal, fénix quizá,
guardián de nuestra fantasía.
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