Él es como los fueguitos de Galeano, de esos que “arden la vida”. Un fuego de hogar con el abrazo siempre abierto pero cuya mirada de roble me hace parpadear. Yo no sabía qué decirle, y él se me acercaba y me pedía que le hablara de poesía, mientras que yo sólo deseaba escucharle cantar. Escuchar aquella voz hecha para la Verdad adentrándose en el flamenco y sus palabras, que con sólo dos versos ya te ponen el alma en carne viva. Me dolía todo con tan sólo tenerle cerca, ese dolor de los primeros amores, que acabas por creer que no es más que el ansia de los niños tontamente ilusionados con la vida. En los ratos a solas, me rompía la cabeza tratando de poner sobre una hoja en blanco la alegría indecible que me provocaba poder sentir aquel dolor de todo. Salía a hablar conmigo al balcón y se sonreía cada vez que mis ojos evitaban los suyos. Le decía “Ya, déjame”, y él me pasaba un brazo sobre los hombros y me atraía hacia sí. Me hacía pensar que jamás había sentido un c...
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