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Las historias que vamos dejando en cada lugar

 Él es como los fueguitos de Galeano, de esos que “arden la vida”. Un fuego de hogar con el abrazo siempre abierto pero cuya mirada de roble me hace parpadear. 

Yo no sabía qué decirle, y él se me acercaba y me pedía que le hablara de poesía, mientras que yo sólo deseaba escucharle cantar. Escuchar aquella voz hecha para la Verdad adentrándose en el flamenco y sus palabras, que con sólo dos versos ya te ponen el alma en carne viva.
Me dolía todo con tan sólo tenerle cerca, ese dolor de los primeros amores, que acabas por creer que no es más que el ansia de los niños tontamente ilusionados con la vida. En los ratos a solas, me rompía la cabeza tratando de poner sobre una hoja en blanco la alegría indecible que me provocaba poder sentir aquel dolor de todo. 
Salía a hablar conmigo al balcón y se sonreía cada vez que mis ojos evitaban los suyos. Le decía “Ya, déjame”, y él me pasaba un brazo sobre los hombros y me atraía hacia sí. Me hacía pensar que jamás había sentido un cuerpo tan duro, tan vivo, contra el mío. Cerraba los ojos para hundirme en su olor, en su calidez, en su palpitar de titán bajo la piel de cobre.
Bailábamos y me enamoraba la desvergüenza de su falta de elegancia. Me preguntaba “¿Cómo alguien que ama tanto la música puede bailar tan rematadamente mal?”. En cuestión de minutos, lo mismo hacíamos un pogo que tratábamos de seguir ritmos latinos cogidos de la mano. Pero no había fuerza en ese encuentro, sino mera camaradería. Me moría de pena cuando, tratando de asir sus manos con más fuerza, no obtenía respuesta alguna, comprendiendo el abismo que separaba nuestros sentimientos.
Pero ¡quién sabe! ¿No bastó con eso?: contemplar la Alhambra en la madrugada, pedirle que cantase, recitar para él mis romances preferidos atravesando el Albaicín solitario, que me dijese “Me gusta cuando tú me hablas de poesía, porque siento que la comprendo”, recorrer Calle Elvira borrachos y abrazados, compartiendo un infame kebab, llegar a casa y despertar a todo el mundo con nuestras risas. 
“Quiero ir a verte a Barcelona”, dijo. 
Nunca vino. 

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