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Reflexiones

    

    Últimamente pienso a menudo en las palabras de Dries. Fue una noche, en la cocina de Lastovo. Ya habíamos cenado y estábamos sólo Vasilii, Dries y yo. Hablábamos de política, aunque no recuerdo de qué exactamente. Quizá de negacionismo climático y de cómo la gente se dejaba manipular. La conversación era, en cualquier caso, bastante pesimista. Entonces. ¡Entonces que no era más que 2021! Que no había comenzado la invasión a Ucrania ni el genocidio en Palestina, que no había ocurrido la Dana ni Donald Trump había sido reelegido, que en Afganistán no se había bajado la edad legal para el matrimonio a los nueve años, ni Miley era presidente de Argentina. Entonces… En aquel momento no teníamos que preocuparnos nada más que de una pandemia. Nunca pensé que recordaría el año de la Covid-19 como el último año antes de que los gobiernos a lo largo de todo el mundo girasen el cuello como un búho, mirase de frente al fascismo del siglo XXI y dijesen “Sí quiero”. 
            Aquella noche Dries dijo algo así como… “Si observamos la historia humana, esta nunca ha sido una línea recta. Siempre ha habido épocas de luz y avance y épocas de oscuridad y retroceso. Es una rueda, y quizá tenemos que aceptar que el futuro que nos toca se está adentrando en la parte de las sombras”. ¿Qué sentí al escucharle? ¿Rebeldía?, ¿un fuego en mí gritando que la historia la hacen las sociedades humanas juntas y no puede reducirse nuestro pedacito de historia a una inercia que nos acompaña desde antes de la escritura?, ¿que nosotros somos los que decidimos si vivir en la luz o en la sombra? Habría sido bonito, ¿no? Sentir algo así como la rebeldía de un adolescente que cree que ha llegado al mundo para enfrentarse al mal y salir vencedor. Pero probablemente sentí la misma aceptación que siente quien ha dejado atrás su adolescencia, y al observar con los ojos críticos que da la experiencia puede ver cómo aquel adolescente hizo todas y cada una de las cosas que podían esperarse de él. Su historia no estaba escrita, pero él la escribió tal y como podría preverse. 
            No. No sentí rebeldía. Sentí tristeza, la tibia garra de una injusticia de proporciones tan titánicas que no existía rebeldía capaz de salir a ladrarle. Es trágico, ¿no? El universo tiene unos 13.761 millones de años. La tierra, unos 4.540. Nuestra especie lleva aquí alrededor de 300.000 años. Y en medio de todas esas cifras que escapan a nuestra imaginación, estamos tú y yo. Nuestros amigos, nuestros vecinos, el resto de seres vivos que sienten dolor y alegría. Estamos con nuestra piel blanca que se quema, con nuestros ojos miopes, con nuestra risa ronca, con nuestra almorrana. Está nuestro hermano que ama personas de su mismo sexo, nuestros padres cuyos cuerpos les van fallando poco a poco, nuestra amiga que sueña con construir un hogar, nuestro sobrino que quiere ser veterinario. Entre miles de millones de años están nuestros sueños, nuestras pasiones. Nuestra vida irrepetible. Han tenido que pasar miles de millones de años para que nosotros existamos durante un momento tan breve que no será siquiera percibido. Pero nosotros estamos aquí. Ahora. No volveremos a estar en toda la historia del universo. En toda la historia del universo. Y nuestro pequeño pedacito de tiempo, esta breve miseria que nos corresponde de la eternidad ¿no podemos pasarlo en el momento álgido de la historia, sino que hemos venido al mundo a conocer las sombras, a escuchar el credo de la ignorancia, a ser testigos de cómo el discurso del odio corrompe las entrañas? Aunque podamos hacernos un pequeño refugio de luz y seguridad, ¿calmará eso la vergüenza de este tiempo? Aunque luchemos y entreguemos la vida siendo heroicos, ¿cómo justificar que haya seres humanos que tuvieron que ser héroes mientras que otros simplemente pudieron ser felices?
            Estoy asistiendo a la repetición de la historia. El mundo humano no hace más repetirse una y otra vez con pequeñas variaciones, como una película de Marvel. Hace pensar en el mito de Sísifo, aunque no exactamente. La tarea de Sísifo es eterna y vacua, pero hay algo de limpio en ella, de aséptico. Sísifo puede sentir cansancio, frustración, ira… pero no creo que sienta asco, repugnancia o vergüenza. La historia de la humanidad no puede contarse sin estos sentimientos y me hace pensar, más bien, en una lavandera. Una lavandera a la que también maldijo algún dios ególatra y su condena es la de intentar limpiar las ropas de toda la humanidad. Al principio, las ropas están sucias y repugnantes, pero a medida que la lavandera frota, la suciedad pasa al agua. Pero como parte de la condena de la lavandera tiene que limpiar las ropas en un recipiente y no en un lavadero con agua corriente, cuanto más limpias las ropas, más sucia el agua, hasta que llega un punto en el que la suciedad del agua comienza a adherirse de nuevo a las ropas… y el ciclo comienza de nuevo, un ciclo sin fin, unas ropas que la lavandera nunca podrá lavar. Sus manos están siempre sucias, su rostro está siempre deformado por la repugnancia y la vergüenza. La historia humana es semejante, sórdida. Cuando parece que ha llegado al culmen de la degradación, un rayo de luz asoma y trata de refrendar sus abyecciones, de hacer del mundo un lugar más justo, de vestir ropas limpias. Y cuando parece que va por el camino de lograrlo, la suciedad de la historia que creía haber dejado atrás le atrapa de nuevo, le ciñe, le seduce e hipnotiza, y sus ropas se llenan nuevamente de mugre, de sangre y podredumbre… hasta que un rayo de luz asome de nuevo. 
Claro que, ¿cuántos tendrán que ver su irrepetible vida agotada antes de que esa luz llegue? ¿Antes de que la historia vuelva a llamar a las cosas por su nombre y alguien, allá en un futuro aparentemente inmaculado, con sus ropas casi limpias, se pregunte “Cómo pudieron dejar que eso ocurriera?”?

¿Te suena de algo esa pregunta?

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