Manaslú tenía los ojos de azabache, extraídos en su peregrinación a través del profundo sueño de la Tierra. Era gracias a esos ojos que el sol nunca le mordía la mirada, y ningún horizonte le agotaba con su inmensidad. Por eso encontraba tan enorme placer en vagabundear por el desierto, cuna del silencio y patria de los desheredados. A veces se limitaba a ser un mero observador de los fenómenos; otras se detenía a conversar con quienes ahí moraban, entreteniéndose en escuchar la voz susurrante que a todos era común, como si nadie quisiera perturbar la somnolencia en que se deslizaban, durmientes que respetaban el sueño de los otros. Esa tarde caminaba con los pies descalzos sobre la gruesa arena a la que el sol poniente daba un aroma cobrizo. Las dunas se alzaban con placidez, siempre iguales, cubriendo la total superficie como ondulaciones de un mar petrificado. Sobre ellas, libre, saltaba despreocupadamente la sombra de Manaslú, que en aquel momento lucía la forma de un ...
Sic itur ad astra! El poemario "Ave, Barcelona", ya está disponible en: https://editorialmasmadera.com/product/ave-barcelona/