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Los verdaderos ojos de Manaslú

Manaslú tenía los ojos de azabache, extraídos en su peregrinación a través del profundo sueño de la Tierra.

Era gracias a esos ojos que el sol nunca le mordía la mirada, y ningún horizonte le agotaba con su inmensidad. Por eso encontraba tan enorme placer en vagabundear por el desierto, cuna del silencio y patria de los desheredados. A veces se limitaba a ser un mero observador de los fenómenos; otras se detenía a conversar con quienes ahí moraban, entreteniéndose en escuchar la voz susurrante que a todos era común, como si nadie quisiera perturbar la somnolencia en que se deslizaban, durmientes que respetaban el sueño de los otros.

Esa tarde caminaba con los pies descalzos sobre la gruesa arena a la que el sol poniente daba un aroma cobrizo. Las dunas se alzaban con placidez, siempre iguales, cubriendo la total superficie como ondulaciones de un mar petrificado. Sobre ellas, libre, saltaba despreocupadamente la sombra de Manaslú, que en aquel momento lucía la forma de un  niño. Con lo que le sobraba de la larga sombra que da el atardecer, y siguiendo su costumbre, se había embozado en una capa y ocultaba su rostro con un sombrero de ala ancha.

Unos golpecillos nerviosos en su pierna lo sacaron del apacible sopor con que caminaba, y al bajar la vista comprobó que se trataba de su sombra-niño, el cual señalaba alterado una esbelta figura que se alzaba frente a ellos, dándoles la espalda. Su dorada cabellera recogía los últimos suspiros del sol, y aunque no soplaba ninguna brisa, hasta él llegó un conocido aroma a canela y lavanda que le mordió salvajemente la memoria. Su corazón, siempre reposado, pareció despertar de un largo letargo del que no había sido consciente hasta entonces, deseando alzar el vuelo como un ave que atiende a la llamada de la tempestad: reconocía, frente a él, a la amada silueta; y toda la carne crepitaba, retornando al florecimiento de la primavera.

Ebrio, avanzó hacia ella con pasos torpes y enormes, como un gigante que aprendiese a andar. Su sombra-niño trataba, en vano de agarrarle las piernas y detenerlo, pero no tenía fuerza frente a la hoguera en que se había convertido Manaslú, avivado por todas las pasiones de los Hombres. Cuando ella, alarmada por el sonido crepitante a sus espaldas, se giró, a punto estuvo de no reconocerlo. No obstante la voz con que le saludó fue pacífica y cálida:

- ¿Qué te ocurre, Manaslú, que vuelves a mí tan cegado como cuando te fuiste?

El hermoso rostro de ella había adquirido la anciana tonalidad de las arenas, y del grácil cuello colgaban dos globos oculares ensartados por un cordón rojo.

La hoguera que ardía en la carne de Manaslú pareció apaciguarse momentáneamente, y su sombra-niño aprovechó esa breve tregua para trepar hasta su rostro y escondérsele en los ojos.

- ¿Qué haces tú en el desierto, Caboa, que fuiste joya de las ciudades, música de los bailes nocturnos, suspiro de los amantes insatisfechos? ¿Cómo tu rostro, antes de luna, se ha vuelto ahora tierra y polvo? ¿Y no se enfurece tu piel, cubierta por el harapo, al recordar las sedas y terciopelos que la besaron?
Caboa sonrió, y el tiempo, como una mansa brisa, le brotó de la boca:

- Por todas las ciudades, bailes y labios fui repudiada cuando me colgué al cuello los ojos que me diste, Manaslú. Ahora mi presencia causa horror a todo Hombre, y a base de vagar en busca del lugar donde no escupieran sobre mis huellas, llegué a este desierto, donde perdí la noción de la vida.

- Yo nunca te pedí que los mostrases al resto de los Hombres. – Repuso Manaslú con amargura. – Podrías haberlos ocultado. O incluso podrías haber alimentado con ellos al cuervo o a la serpiente, y seguir refulgiendo en el anhelo de todos los otros, con tu corazón frío y la garganta repleta de promesas que sólo servían para espantar el tedio.

- ¡Deshacerme de ellos! – Y colocó una mano sobre los ojos, sin llegar a tocarlos. - ¿Cómo podría, Manaslú, si fueron el más hermoso regalo que jamás recibí? Y si a los Hombres espanta que uno de ellos camine llevando al cuello los ojos del amante que repudió… ¡Hipócritas! – Miró los bellos ojos verdes que habían pertenecido a Manaslú. – No hay manera en que pueda deshacerme de ellos. Ahora soy parte del desierto, donde dar nombre a las cosas es la auténtica manera de espantar el tedio, donde la moral es un recuerdo del pasado, como un sueño que no alcanzamos a desenredar del todo, y donde se vive en el bucle de la eterna repetición de lo que no ocurre. Nunca podré abandonar este lugar, gracias a ti.

Manaslú estaba de nuevo en llamas: el odio y el rencor lo consumían.

- Sólo quería dejarte atrás, a ti, maldita, que nunca te dignaste a amarme. Te di mis ojos, y extraje unos nuevos del seno de la Tierra. Te di mis ojos para olvidarte, para arrancar de mí tu recuerdo, para ser libre de anhelarte.

- ¿Pero creíste, Manaslú, que arrancándote los ojos me olvidaría la carne? Deberías, para lograrlo, haberte descuartizado entero: las manos, los labios, la nariz, el corazón, el miembro, la piel, las uñas, el cerebro… En lugar de aceptarme en tu cuerpo decidiste castigarlo por tu impotencia. Y creíste que dándome tus ojos, poniéndolos, aún ensangrentados, en mis manos, me castigabas a mí también. Es cierto: me apartaste del resto de los Hombres, no podré abandonar este desierto jamás. Pero aquí mi espíritu está en paz.

Mas Manaslú ya no atendía a sus palabras. Envuelto en llamas, con la piel herida, avanzaba hacia ella.

- Dámelos. – Ordenó con voz ronca.

Caboa le miró sin comprender: - ¿Quieres que te devuelva tus ojos?

Él soltó un bufido impaciente: - ¿Por qué los querría, esos traidores, que clavaron en mi el veneno de tu imagen? ¡Con qué placer me los arranqué y regalé, esperando que también a ti llevasen la locura! Pero no lo hicieron… ¿qué castigo has recibido? ¡Ninguno!

- No soy culpable de tus pasiones. – Replicó Caboa, retrocediendo.

- Dámelos. Los tuyos. ¡Tus ojos!

- Nada me importaría arrancármelos, Manaslú, pero si lo hiciera sufrirías mi mismo destino: ya no podrías caminar entre los Hombres, tú, que una vez los amaste; y este desierto sería tu eternidad. No, Manaslú. Si cuando nos conocimos siempre me rogaste que al menos una vez te demostrase amor, acepta esta y no exijas mis ojos.

- ¡Me da igual! – Gritó Manaslú, desposeído de sí. - ¡Dame tus ojos, lleva en tu rostro la misma marca que yo!

- No

- ¡¡DAME TUS OJOS!! – Bramó, haciendo temblar al desierto, y abalanzándose sobre Caboa envuelto y casi consumido por las llamas. Pero esta simplemente se dio media vuelta y echó a correr, ligera, hasta perderse tras una duna.

Manaslú, que había alimentado demasiado al fuego con su carne, era una carbonizada masa negra que, incapaz de seguirla, se desplomó sobre la arena con una respiración leve como la de la mariposa.

El sol ya se había puesto, y la noche arropaba el sueño del desierto con su fría sábana. Las estrellas y la luna se encaramaron a los cielos, plateando las arenas, y al cabo de un rato de sosiego, de uno de los ojos de Manaslú comenzó a salir su sombra, que a la luz de los habitantes astrales era bastante exigua. Tomó la forma de un pequeño erizo y, muy enfadada, clavó sus púas en la carne quemada de Manaslú, inclemente.

- Para, por favor, para. – Gimió este, pero su súplica sólo azuzó la furia de la sombra-erizo, y finalmente Manaslú (¡tan maltrecho!) acabó por incorporarse. – Conviértete en bastón y sostenme. – Le pidió a su sombra. Pero esta seguía demasiado enojada como para mostrarse complaciente y, sin apiadarse, le pinchó las puntas de los pies para obligarlo a caminar.

Manaslú obedeció sin lamentarse más, pero como un niño al que el castigo no corrige, volvió a pensar por un momento en su encuentro con Caboa, y el corazón, agitado, le dio un doloroso brinco. Su sombra-erizo, percatándose, pegó un salto y embistió a Manaslú en el trasero, con tanto ahínco que le dejó clavadas un par de púas.

- ¡Ay! – Chilló el maltrecho Manaslú, y continuó caminando por el durmiente desierto, vigilado por su sombra.


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