Este es un poema al cual tengo especial cariño, por el amargo hecho de que trata de un suceso real. El ahorcado de estos versos, el aprendiz de levitron (Levitron es una marca estadounidense de juguetes, entre los que se incluyen unas peonzas que levitan), no es otro que un muchacho de mi pueblo. Esto, en sí, podría ser irrelevante: no tenía ninguna clase de relación cercana con él, apenas voy un par de veces al año a mi pueblo, ni siquiera sé cuál era su nombre... El problema es que conservo un recuerdo suyo. Un recuerdo de hace muchísimos años, cuando yo todavía iba a la escuela primaria. En este recuerdo mi primo y yo, cubiertos de mugre y semejantes a niños salvajes (yo en bragas, como era mi costumbre; mis padres tardaron años en convencerme de la necesidad de pantalones), bajámos desde nuestra finca hasta el pueblo a capturar piscardos en el humilde río que atravesaba Santibañez. Justo frente al río había un gran caserón de piedra, unido a una cuadra, que parecía que se caía a c...
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