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In vino veritas

Tengo una botella de vino esperándote. No es la gran cosa, o eso creo, aunque probablemente tú lo sabrás mejor que yo. He adquirido cierta fama de bebedora entre mis conocidos, no obstante, no tengo un paladar demasiado sútil a la hora de captar los matices, y a partir de cierto número de copas, como le pasa a todo el mundo, mi sentido del gusto se atrofia por completo. Pero tú no te conformabas con cualquier cosa, y arrugabas la cara con disgusto cuando me veías beber hora tras hora no buscando más que la ebriedad. Creo que, aparte de mi desinterés por disfrutar auténticamente los placeres del vino, te molestaba que incluso en tu compañía buscase ese torpe estado de lejanía. Lejanía es la palabra adecuada, porque recuerdo que me decías "Vas demasiado lejos". Yo te sonreía conciliadoramente, sin ningún interés por explicarte los motivos de mi deseo de evasión, porque no eran, en ningún caso, motivos interesantes.
Pero eso es ya cosa del pasado. Digo que tengo una botella de vino esperándote, pero eso no es del todo cierto. En realidad no la compré pensando en ti ni mucho menos, sino pensando en una velada de insomnio y melopea, pero al final una llamada con una mala noticia relegó aquella botella de vino tinto, que elegí por el dibujo de su etiqueta, un hortera collage que, algún dios sabrá por qué motivo, fusionaba una langosta y un cerezo en flor, a una balda en la estantería de la despensa.
La llamada con la mala noticia me ha tenido descolocada toda esta semana: perros muertos, envenenados. Eso conmociona a cualquiera, sobre todo si tenemos en cuenta que me recordó a... no, pero aquello fue algo completamente diferente, y han pasado ya muchos años. Mala suerte. Yo diría que en mi familia somos gente con mala suerte. O con suerte extraña, para ser más honestos, una suerte de lo más asimétrica, como si ella también fuese una borrachina y fuese dándo tumbos: cuando debemos hundirnos, una ráfaga nos salva. Sin embargo, en pleno mar en calma, una corriente inexplicable viene a estrellarnos contra las rocas del acantilado. Luego dices que sí, que sí hubiese tenido solución, que el desastre habría podido preverse... pero esas farfulladuras no sirven de nada, los muertos siguen igual de tiesos por más que descubramos las mil y un maneras en que podríamos haberlos salvado.
Volviendo a lo de la botella, y disculpa por mis distracciones (sabes que suele pasarme, me escuchabas con paciencia hasta que la paciencia se te agotaba y comenzabas a bufar, como una vulgar tetera), te decía que, en principio, no estaba reservada para ti ni mucho menos. De hecho tú habrías menospreciado el dibujo que a mí tanto me atrajo. Pero resulta que esta noche soñé contigo. Esa no es una gran novedad, suelo hacerlo una vez al mes, con suerte. Son mis sueños favoritos, ¡me despierto con una alegría tan mansa en el corazón! aunque también son sueños algo crueles, porque me obligan a dejarte atrás una y otra vez. Porque apareces siempre bajo formas distintas, mas al despertar yo me pregunto ¿cómo será tu aspecto ahora? No tengo ni la menor idea. Vete tú a saber, ni te reconocería. Cuando voy por la calle, ¡confundo a tantos extraños con mis amantes! Me quedo mirándolos fijamente, diciédome "No, pero esa nariz tan recta... no puede ser la suya, él la tenía completamente torcida. Sin embargo, esa elegancia de sus manos es inconfundible". Así pues, ¿podría pasar frente a ti y ni reconocerte, y luego, al ver a un completo desconocido, ir hacia él para saludarle por tu nombre?
Debo decir que este sueño me impactó especialmente, ya que no sólo aparecías tú, sino también una hermosísima serpiente plateada, ¡deberías haberla visto! era enorme y se movía pacíficamente, dejándose acariciar, mirándo con unos grandes ojos blancos llenos de sabia amenaza. No sé si a ti te habría gustado, esa es una charla que nunca llegamos a tener, nunca te pregunté "¿Qué opinas de las serpientes?". Yo aún recuerdo el tacto de la del sueño: la suavidad exquisita, casi intangible, de sus escamas, y ese frío que exuda la carne de los reptiles, esa quietud que delata los milenios de años de antigüedad de sus genes. Fue agradable, porque normalmente las serpientes no son amables conmigo en mis sueños.
¿Te habría gustado...? en el fondo nunca llegamos a saber demasiado el uno del otro. Nos orbitábamos sin llegar a tocarnos, ansiosos de adivinarnos hasta las entrañas y sin embargo prisioneros de aquella gravedad que nos limitaba a la cercanía, a ansiarnos sin tocarnos verdaderamente. ¿Sabes qué ocurría en el sueño, aparte de la aparición de la serpiente? Volvíamos a jugar a aquel juego en el que me abofeteaste tan cruelmente, en el que mi visión se cegó por un momento, debido más bien a la sorpresa que al dolor, aunque el dolor de mi mejilla era ensordecedor. En el sueño tú me golpeabas de nuevo, pero esta vez no había sorpresa ni dolor, aunque yo lo fingía, para no ofenderte ni a ti ni al público. Y sí que me dolía, al fin y al cabo, la traición se repetía. No sólo la tuya, sino la de la gente que nos rodeaba y jugaba también, escondidos en la noche de invierno, riéndose maliciosamente, mamando morbosamente de tu violencia.
Todo ocurría exactamente igual que en aquella lejana noche de marzo. Hasta que llegaba mi turno de abofetearte, y yo me limitaba a bajar los ojos y marcharme de aquel lugar, devastada por la tristeza de comprender que, a pesar del paso de los años, nada ni nadie había cambiado.
Las cosas habían sido diferentes en la realidad. Aún siento cierta rabia al recordar que aquella noche, cuando pude haberte devuelto el golpe, hundir mi mano en tu flaco rostro, hacerte girar la cara. Pero me limité a acariciar tu mejilla, rozarla apenas, como cuando acariciamos un pétalo. Por un lado me arrepiento sí, de no haber tomado mi revancha. Por el otro, me pregunto si acaso no será todavía más valioso el recuerdo de tu expresión estupefacta, de esos ojos que me miraron desconcertados cuando, tras haberte preparado para sufrir la venganza, recibiste el perdón. Esa mirada en la que se mezclaban la burla por mi patética mansedumbre y el agradecimiento por esa caricia con la que te declaraba mi amor incondicional. Y en el fondo, muy en el fondo de tus magníficos iris verdes, la vergüenza por haberme golpeado, la vergüenza de saber que aquella desmedida bofetada venía a decir lo mismo que mi caricia. Sólo que tú sentías rabia por amarme, y yo resignación.
Supongo que por eso nunca supimos querernos realmente. Siempre mantuvimos una especie de reyerta abierta. Lo más triste es que no era entre nosotros, sino con nosotros mismos, incapaces de aceptar nuestros sentimientos. ¡Qué extraño! a día de hoy, con lo aprendido, nunca toleraría un amor como el tuyo, ni siquiera me dignaría a llamarlo amor.Ees insano, los humanos no deveríamos dañarnos de ese modo, no debríamos deformar algo tan hermoso como nuestro deseo de cuidarnos los unos a los otros. Y sin embargo, las noches en las que sueño contigo ¡me despierto con una alegría tan de rosas en el corazón!
Cojo la botella de vino de la segunda balda de la estantería de la despensa, busco el sacacorchos, ese cuya forma siempre me recordó a un hombre de sonrisa sardónica, saco el corcho, arranco los restos de plástico que molestan, me corto el pulgar con uno de ellos, justo debajo de la uña (¡qué torpeza la mía!), vierto un largo chorro en la copa, deleitándome con ese "Glup, glup, glup" del líquido al abandonar la botella, como si te diese indicaciones de lo que debes hacer tú, pongo el disco de "Fuerte y caliente", de Onda Vaga, ese que también me pone nostálgica, pero al menos no nostálgica de ti, y comienzo a beber sin mesura. "Vas demasiado lejos", dirías, si estuviéses aquí, a mi lado, mirándome reprobatoriamente con tus magníficos ojos verdes.

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