No he visto el fuego. Las nubes estaban hambrientas - o celosas - y lo escondieron en sus vientres. El mar tenía tanto frío, estremecido como un niño abandonado. Los peces eran agujas de plata bordando sueños sobre las aguas. Buscaba el fuego para hundir mis ojos en su fragua de recuerdos. Pero el fuero no era más que el débil, último aliento de la canción de los dragones que la razón dio por muertos. La mano de mi amante era un anillo frío donde no late el fuego. Su mano, la flor más bella, arrancada y sin fuego.
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