Entre pausas y reanudaciones, la Jam habría durado una hora. Ni siquiera entonces, con los instrumentos silenciados pero fuera de sus fundas, era seguro que no la retomasen de un momento a otro. No era nada demasiado oficial, una simple reunión de amigos que algunas personas sabían que tenía lugar los miércoles impares; para la mayoría, simplemente se trataba de una agradable sorpresa al cruzar la puerta. Al principio no habían sido más que cuatro hombres ya maduros; más tarde, a la hora en que finalizan las clases, junto con gente, gente y más gente, aparecieron algunas estudiantes del conservatorio. Violinistas, tres, cargando con fundas decoradas con pines y parches de la bandera asturiana, el símbolo celta, la bandera de la República, símbolo de aquella historia que cada vez se parecía más a una inocua leyenda que a una realidad histórica alguna vez vivida. Se unieron, aunque no tocaron demasiado tiempo, sintiendo que quizá eran demasiados en aquella mesa del rincón derecho, que parecían no llegar a ninguna parte, sumidos en bucle de música que les hastiaba a ellos mismos. Pararon y el guitarrista sacó de la funda dos barras de pan y las colocó sobre la mesa que, de pronto, casi mágicamente, como en los banquetes descritos en los cuentos de hadas, se había llenado de chorizo, queso curado, jamón serrano... por encima del olor a alcohol, a gente, a tabaco pegado a las ropas y los cabellos, se alzó el olor del embutido barato. Era su reunión particular y comenzaron a comer.
En el bar, estaban los de siempre. La pequeña mujer de interesantes historias pero palabras interminables, que no dejaba hablar y esparcía opiniones como una fuente abandonada. Otra mujer, esta de edad indefinida, en quien se mezclaban las victorias del tiempo y el esfuerzo por aferrarse a una juventud sin la cual, probablemente así lo creía, no valdría nada. Aquel hombre, quizá en su cuarentena, con una envidiable melena de cabellos rizados y el rostro redondo y suave de un adolescente. El bonachón cincuentón que hablaba de torres y buitres. El dueño de la perra ciega que siempre se colaba tras la barra, sabiendo que alguien le daría alguna golosina. Había más, claro. Toda una muchedumbre ansiosa aquella noche, vibrando como un panal de abejas que no termina de creerse que, de nuevo, podían volver a estar tan juntas, a tocarse, olerse y respirarse.
Los bares son, al fin y al cabo, ese "Ecosistema de interacciones" (imagino que alguien ya los habrá llamado así antes que yo) en el que tantas cosas pueden ser vistas y escuchadas. Hogares y refugios donde encontrarse con eses desconocidos conocidos con quienes sólo hablamos entre copas, de noche, irremediablemente borrachos al cabo de un tiempo, olvidando a veces, incluso, las conversaciones mantenidas. Guirnaldas de nombres que no conocen más que la superficie de las personas, conversaciones a través de ls que asomarse a la intimidad de la gente, detalles arrojados, como calderilla, de los bolsillos. Caridad de cigarros, cuentas borrosas de alcohol, soluciones a cualquier problema mundial, ideologías perfectas en las que no caben las contradicciones... A la mañana siguiente, nos queda un descubrimiento de recuerdos, quizá un nombre nuevo, de hombre o mujer, que renueva la ilusión para un futuro imaginario, para llenar el vacío del día a día.
Tres horas después, la Jam no había llegado, realmente, a su fin. Tocaban de nuevo, ahora eran fragmentos perdidos de las grandes canciones que todo el mundo conocía (Bella ciao, La vie en Rose, Bésame mucho...). La gente sonreía y cantaba. Se esperaba de aquella noche, como se había esperado de tantas otras, que no terminase nunca. Pero, más allá del alcohol, el tiempo pasaba, ¿no era la música la mejor prueba de ello? Los violines cesaron. La caja registradora emitió su canturreo final. Una (más) de las interminables patrullas pasó calle abajo. La última caña fue la última de verdad. La gente, los desconocidos, se pusieron tristemente los abrigos, se ajustaron las bufandas alrededor de los cuellos secos y, con los ojos pesados como canicas, se dijeron adiós y volvieron a casa.
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