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Mostrando entradas de octubre, 2021

Cuando digo mi nombre

Confía que cuando te digo mi nombre  miento.   Yo debo llamarme de otras maneras que desconozco. Habita en algún lugar un libro polvoriento que me nombra.  Relata las vidas e historias de otras carnes de antes de después.  Confía que cuando te digo mi nombre miento. Yo sólo me conozco en lo dicho por mis padres mi nombre.  Pero sé que en libros polvorientos y bocas amortajadas hay más.  Y sé que nunca se abrirán para descubrirme lo que fui lo que seré.  Confío que cuando me dices tu nombre mientes.  No hay maldad en la mentira no hay otra manera de vivirnos.  Algún día alguien olvidará al nombrarse decir mi nombre y estará mintiendo. 

El hombre estatua de la plaza Ban Jelacic

En la plaza abrazada por el crepúsculo, el hombre estatua fumaba un cigarrillo. A su lado, se sentaba uno de los mendigos habituales. A mí todos los mendigos de aquella plaza me parecían iguales. No porque lo fuesen, sino porque nunca me había parado a mirarles el suficiente tiempo como para que fuesen algo más.  Cerca del hombre estatua, en la esquina donde solía actuar, reposaba la funda abierta de algún instrumento. Sobre el ajado terciopelo, que en algún tiempo pasado debió tener una apariencia seductora, lanzaban brillos desencantados un puñado de kunas y lipas. La verdad es que al hombre estatua no se le daba demasiado bien lo de quedarse quieto. Siempre que pasaba por su esquina lo veía moverse, a veces un brazo, o una mano, o un lento bambolear la cabeza... pero cuando llegaba la hora de descansar, fumaba y reía mientras hablaba de temas serios con el otro vagabundo, sin darle importancia al flaco éxito de sus dotes de estatua. Aunque tenía esperanzas, sabía que la vida n...

El llanto de la sombra

No escuchen a la sombra:  tiene celos del guitarrista.  La sombra grita y se enrosca alrededor del falso centro de las cosas,  y alaba al guitarrista, y escupe al guitarrista,  y exhala en húmedos conjuros  el nombre inacabado del guitarrista.  No escuchen a la sombra: sólo se arrepiente de una cosa, y esa única herida abierta se enraíza, se enquista, tratando en vano de florecer. Y sobre las ilusorias manos del guitarrista se desdibuja los ojos que debieron haber labrado el mundo. Compadézcanse de la sombra.  GEORGE OWEN WYNNE, El alma de la guitarra

El día de la cosecha

Ha llegado el día de la cosecha: los huesos meditan sobre mariposas entre el sol y el mar, rodeados  de los ojos violetas de la tierra al soñar con los buitres y los cuervos.  Ha llegado el día  de la cosecha: nuestros pasos suenan por el largo camino ladera arriba, llevamos cestas de tejo  y guantes de plata, y nada nos oculta los rostros morenos.  Nuestras risas arden entre los pinos y los robles ahora que el verano se agota y dicen que todas las canciones deben ser tristes.  Ha llegado el día  de la cosecha: los huesos se estremecen, crujen, se agrietan, ruegan que el tiempo se acelere y ser tragados  por la tierra para habitar en el centro de las cosas. ¡No quieren decir adiós al polvo y las avispas,  no sabían que aquel fue su último amanecer  bajo las venas  de las nubes; habrían mirado más, recordado mejor los colores y sonidos.  Ha llegado el día de la cosecha:  los huesos carecen de raíces y castañean entre nuestr...