Ha llegado el día
de la cosecha:
los huesos meditan
sobre mariposas entre
el sol y el mar, rodeados
de los ojos violetas
de la tierra al soñar
con los buitres y los cuervos.
Ha llegado el día
de la cosecha:
nuestros pasos suenan
por el largo camino
ladera arriba, llevamos
cestas de tejo
y guantes de plata,
y nada nos oculta
los rostros morenos.
Nuestras risas arden
entre los pinos
y los robles ahora
que el verano se agota y dicen
que todas las canciones deben
ser tristes.
Ha llegado el día
de la cosecha:
los huesos se estremecen,
crujen, se agrietan, ruegan
que el tiempo se acelere
y ser tragados
por la tierra para habitar
en el centro de las cosas.
¡No quieren decir adiós
al polvo y las avispas,
no sabían que aquel
fue su último amanecer
bajo las venas
de las nubes; habrían
mirado más,
recordado mejor
los colores y sonidos.
Ha llegado el día
de la cosecha:
los huesos carecen
de raíces y castañean
entre nuestras manos como
grillos secos llorando
por su inevitable
peregrinación de caracoles.
Muda, una calavera
nos mira y por sus cuencas
desfilan prados verdes,
caminos vacíos,
un carnero, un cordero,
los faros de los coches.
Ha llegado el fin
de la cosecha:
los huesos se alejan
gimiendo en la oscuridad
de una bodega en el Adriático.
Se buscan y se juntan y se tocan...
pero los huesos
no tienen calor ni consuelo
que darse entre ellos.
Nosotros bebemos
cerveza agria,
teranino dulce
junto a los buitres.
Un año más
hemos limpiado el monte,
abierta está su desnudez
sobre la cima
donde habrán de dorarse
los cadáveres.
Y en los vientres
de las ovejas ya germinan
y crecen los huesos
que llenarán la próxima cosecha.
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