Hermano, aquí están todos los amigos de la amante cuyos hijos no conociste en un bautismo despechado. Ella tenía los ojos verdes y quemaba banderas de España en escenarios, mientras tú quemabas banderas de España en las plazas, entregándoles tu frente a los perros que buscaban descuartizar los ojos olvidados, en su borrachera, por nuestro abuelo. Hermano, ellos han tocado la sien rosada de esos niños; ellos han pronunciado sus nombres con tañidos de plegaria innecesaria. Sus manos ignoraron el nombre de tu hijo, legado de otra mujer que, en su maravillosa obediencia a la buena familia nunca quemó banderas ni clamó por un espejismo de independencia. Hermano, ¿aún la añoras, lo mismo que yo la añoro, estela de mi niñez, camino del iris verde, grito de madrugadas inalámbricas? Grandioso eco que buscabas siempre a punto de amansarlo (o amansarte). ¿Todavía te persigue la pregunta, la duda, el y sí...? Y si hubieses tomado su mano, ahogado tu grito, ...
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