Hermano, aquí están
todos los amigos de la amante
cuyos hijos no conociste
en un bautismo despechado.
Ella tenía los ojos verdes
y quemaba banderas
de España en escenarios, mientras
tú quemabas banderas
de España en las plazas,
entregándoles tu frente
a los perros que buscaban
descuartizar los ojos
olvidados, en su borrachera,
por nuestro abuelo.
Hermano, ellos han tocado
la sien rosada de esos niños;
ellos han pronunciado sus nombres
con tañidos de plegaria innecesaria.
Sus manos ignoraron
el nombre de tu hijo,
legado de otra mujer que,
en su maravillosa obediencia
a la buena familia nunca
quemó banderas ni clamó
por un espejismo de independencia.
Hermano, ¿aún la añoras,
lo mismo que yo la añoro,
estela de mi niñez, camino
del iris verde, grito
de madrugadas inalámbricas?
Grandioso eco que buscabas
siempre a punto de amansarlo
(o amansarte).
¿Todavía te persigue la pregunta,
la duda, el y sí...?
Y si hubieses tomado su mano,
ahogado tu grito,
seguido su camino.
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