En la plaza abrazada por el crepúsculo, el hombre estatua fumaba un cigarrillo. A su lado, se sentaba uno de los mendigos habituales. A mí todos los mendigos de aquella plaza me parecían iguales. No porque lo fuesen, sino porque nunca me había parado a mirarles el suficiente tiempo como para que fuesen algo más.
Cerca del hombre estatua, en la esquina donde solía actuar, reposaba la funda abierta de algún instrumento. Sobre el ajado terciopelo, que en algún tiempo pasado debió tener una apariencia seductora, lanzaban brillos desencantados un puñado de kunas y lipas. La verdad es que al hombre estatua no se le daba demasiado bien lo de quedarse quieto. Siempre que pasaba por su esquina lo veía moverse, a veces un brazo, o una mano, o un lento bambolear la cabeza... pero cuando llegaba la hora de descansar, fumaba y reía mientras hablaba de temas serios con el otro vagabundo, sin darle importancia al flaco éxito de sus dotes de estatua. Aunque tenía esperanzas, sabía que la vida no iba a mejorar, y aquel cigarrillo y aquella charla constituían el mejor momento de su día. Sentado en la plaza, junto a otras víctimas de la desigualdad, podía tomarse un respiro de la vida. El humo entraba y salía mientras él miraba a la gente pasar, juzgándoles como si fuese uno más entre la multitud.
Pero al final, como sucede siempre que se desea que las cosas no terminen, la colilla le quemaba los labios. La tiraba al suelo, lo mismo que su compañero, donde se unían a decenas de colillas exactamente iguales, y se ponían en pie. Había que ganarse la vida. Él hombre estatua tenía que volver a su puesto, frente al cual pasaban los turistas, mirando distraídamente hacia otra parte.
- Nos vemos. - Decía el vagabundo, empujando un oxidado carrito lleno de los cachivaches que constituían su vida. El hombre estatua asentía y se ponía en posición (una pantomima de lo que pretendía ser una elegante reverencia). Una niña lo señalaba asombrada:
- Papá, ¡esa estatua se mueve!
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