Aquel olor que traía en las ropas
era como la estela del eco.
El aire que le bailaba dejaba
aroma de polvo hecho huesos
mal enterrados, abandonados
al sol del camino seco.
Se sacudía la tierra y caían
recuerdos que sólo tuvieron
velorios de alcohol y cenizas
desbordando los ceniceros.
Queriendo ocultar su herencia
se hacía árbol de frutos muertos.
era como la estela del eco.
El aire que le bailaba dejaba
aroma de polvo hecho huesos
mal enterrados, abandonados
al sol del camino seco.
Se sacudía la tierra y caían
recuerdos que sólo tuvieron
velorios de alcohol y cenizas
desbordando los ceniceros.
Queriendo ocultar su herencia
se hacía árbol de frutos muertos.
Pero al final, carne contra carne,
¿qué secretos van a quedar?
El aire hedía a sombras;
el sudor a sucio cristal,
las sábanas a enigmas
que el corazón no puede aceptar.
Así, un mediodía de junio
bajo el calor de mi hogar,
en un valle mirado al Este,
haciendo el amor sin amar,
comiendo los hijos del aire,
dejamos de respirar.
Claro que él,
alimaña acostumbrada
a su veneno,
sobrevivió.
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