No he visto el fuego.
Las nubes estaban hambrientas
- o celosas -
y lo escondieron en sus vientres.
El mar tenía tanto frío,
estremecido como un niño abandonado.
Los peces eran agujas de plata
bordando sueños sobre las aguas.
Buscaba el fuego para hundir
mis ojos en su fragua de recuerdos.
Pero el fuero no era más
que el débil, último aliento
de la canción de los dragones
que la razón dio por muertos.
La mano de mi amante era un anillo
frío donde no late el fuego.
Su mano, la flor más bella,
arrancada y sin fuego.
arrancada y sin fuego.
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