Este es un poema al cual tengo especial cariño, por el amargo hecho de que trata de un suceso real. El ahorcado de estos versos, el aprendiz de levitron (Levitron es una marca estadounidense de juguetes, entre los que se incluyen unas peonzas que levitan), no es otro que un muchacho de mi pueblo. Esto, en sí, podría ser irrelevante: no tenía ninguna clase de relación cercana con él, apenas voy un par de veces al año a mi pueblo, ni siquiera sé cuál era su nombre...
El problema es que conservo un recuerdo suyo. Un recuerdo de hace muchísimos años, cuando yo todavía iba a la escuela primaria. En este recuerdo mi primo y yo, cubiertos de mugre y semejantes a niños salvajes (yo en bragas, como era mi costumbre; mis padres tardaron años en convencerme de la necesidad de pantalones), bajámos desde nuestra finca hasta el pueblo a capturar piscardos en el humilde río que atravesaba Santibañez. Justo frente al río había un gran caserón de piedra, unido a una cuadra, que parecía que se caía a cachos, y en cuyo prado cacareaban las gallinas y pacía un poni blanco. Un anciano, que no le quedaba a la zaga a la casa en lo de dar la impresión de caerse a cachos, salió de la cuadra con la azada al hombro y nos saludó. Tras él iban dos niños. Uno de ellos era su nieto, y el otro un amigo de este.
Al vernos a mi primo y a mí, extrema novedad en un pueblo minúsculo como es Santibañez, vinieron a hablar con nosotros y observar nuestro piscardos. Aunque como nuestras herramientas de captura eran un cazamariposas roto y nuestras propias manos, no habíamos obtenido más que dos de aquellos plateados pececillos (de lo cual, mirado en retrospectiva, me alegro; lo mismo que me apena que la manera en que nuestros padres nos enseñaron a acercarnos a la naturaleza y los animales fuese por medio de capturarlos y almacenarlos). Recuerdo que yo no emití palabra. No era buena en eso de las relaciones sociales, los dos niños parecían mayores que yo, y cuando había más gente mi primo tendía a humillarme y reírse de mí para ganarse su simpatía. Así que, aparte de estas burlas, no recuerdo qué conversación mantuvieron, pero terminaron acompañándonos hasta la finca, creo que porque mi primo les habló de las dos maquinas de recreativos que teníamos en el garaje.
Lo que más me aguijonea de este recuerdo son dos cosas: la primera que no logro ponerle no ya rostro, sino cuerpo al niño que, años después, se convertiría en el ahorcado. Sé que estuvo ahí, no me cabe la menor duda. Sin embargo, no me queda el menor rastro de su imagen y presencia. A su amigo, por el contrario, sí soy capaz de recordarlo. A su amigo, que no tengo ni tenía la menor idea de quién era, de dónde habría salido, de dónde vendría y a dónde iría... Recuerdo que nos había dicho que era ruso, y que me habían llamado la atención sus hundidos ojos azules, algo bestiales, y lo cuadrado de su cara, tan ruda que le hacía parecer intempestivamente mayor.
La segunda es la incapacidad que tengo para conciliar el recuerdo de un niño que vino a nuestra casa a jugar a los recreativos con el de un ahorcado de veinte años. Conciliar las risas de ese pasado infantil con todo el sufrimiento que posteriormente hubo de atravesar para tomar la decisión de escoger la muerte temprana. Comprender ese extrañísimo fenómeno en el cual yo no fui capaz de intuir en él, de niño, su futuro, y como ahora que ese futuro ha tenido lugar parece imposible que no hubiese habido algo, cual estrella de Caín en su frente, que lo augurase y que hasta el más mediocre adivino habría podido ver.
El aprendiz de levitrón
Con veinte años el ahorcado
aprendió a levitar
(una vez y no mas)
¿Con veinte años quién se ahorca
si no es en un San Juan,
en un junco a la rivera
del arroyo del llorar?
¿No es con veinte años
que salimos a bailar,
que lloramos y reimos
sin saber qué pasará?
¿No es con carne alegre
que otras carnes salimos a probar,
ojos del aliento verde,
labios del claro mirar?
¿No es la edad inmesa
en donde el niño comienza a naufragar
y al bosque con un hacha
salimos a todo cantar?
Con veinte años el ahorcado
ya se llamaba papá;
en un vientre iba su hijo
y él nada le podía dar.
Salía de noche al pueblo
y le acusaban de robar.
Y es que quien nunca tuvo nada
sólo la culpa probará.
En un vientre iba su hijo;
no tenía nada más
(aparte de veinte años
que no pudo disfrutar).
Aún habrá quienes se alegren,
pues un ahorcado no molesta ya.
¿Y qué le dirán al niño
que entona "papá"?
"Un ladrón y un suicida
no merece del llorar"
¿Qué le diréis a la abuela
que le encontró sin respirar?
"Tu mala sangre pariste,
la muerte lo vino a remediar".
Con veinte años el ahorcado
aprendió a levitar.
¡Con veinte años quién se ahorca
si no es en un San Juan!
[Una vez y no más]
El problema es que conservo un recuerdo suyo. Un recuerdo de hace muchísimos años, cuando yo todavía iba a la escuela primaria. En este recuerdo mi primo y yo, cubiertos de mugre y semejantes a niños salvajes (yo en bragas, como era mi costumbre; mis padres tardaron años en convencerme de la necesidad de pantalones), bajámos desde nuestra finca hasta el pueblo a capturar piscardos en el humilde río que atravesaba Santibañez. Justo frente al río había un gran caserón de piedra, unido a una cuadra, que parecía que se caía a cachos, y en cuyo prado cacareaban las gallinas y pacía un poni blanco. Un anciano, que no le quedaba a la zaga a la casa en lo de dar la impresión de caerse a cachos, salió de la cuadra con la azada al hombro y nos saludó. Tras él iban dos niños. Uno de ellos era su nieto, y el otro un amigo de este.
Al vernos a mi primo y a mí, extrema novedad en un pueblo minúsculo como es Santibañez, vinieron a hablar con nosotros y observar nuestro piscardos. Aunque como nuestras herramientas de captura eran un cazamariposas roto y nuestras propias manos, no habíamos obtenido más que dos de aquellos plateados pececillos (de lo cual, mirado en retrospectiva, me alegro; lo mismo que me apena que la manera en que nuestros padres nos enseñaron a acercarnos a la naturaleza y los animales fuese por medio de capturarlos y almacenarlos). Recuerdo que yo no emití palabra. No era buena en eso de las relaciones sociales, los dos niños parecían mayores que yo, y cuando había más gente mi primo tendía a humillarme y reírse de mí para ganarse su simpatía. Así que, aparte de estas burlas, no recuerdo qué conversación mantuvieron, pero terminaron acompañándonos hasta la finca, creo que porque mi primo les habló de las dos maquinas de recreativos que teníamos en el garaje.
Lo que más me aguijonea de este recuerdo son dos cosas: la primera que no logro ponerle no ya rostro, sino cuerpo al niño que, años después, se convertiría en el ahorcado. Sé que estuvo ahí, no me cabe la menor duda. Sin embargo, no me queda el menor rastro de su imagen y presencia. A su amigo, por el contrario, sí soy capaz de recordarlo. A su amigo, que no tengo ni tenía la menor idea de quién era, de dónde habría salido, de dónde vendría y a dónde iría... Recuerdo que nos había dicho que era ruso, y que me habían llamado la atención sus hundidos ojos azules, algo bestiales, y lo cuadrado de su cara, tan ruda que le hacía parecer intempestivamente mayor.
La segunda es la incapacidad que tengo para conciliar el recuerdo de un niño que vino a nuestra casa a jugar a los recreativos con el de un ahorcado de veinte años. Conciliar las risas de ese pasado infantil con todo el sufrimiento que posteriormente hubo de atravesar para tomar la decisión de escoger la muerte temprana. Comprender ese extrañísimo fenómeno en el cual yo no fui capaz de intuir en él, de niño, su futuro, y como ahora que ese futuro ha tenido lugar parece imposible que no hubiese habido algo, cual estrella de Caín en su frente, que lo augurase y que hasta el más mediocre adivino habría podido ver.
El aprendiz de levitrón
Con veinte años el ahorcado
aprendió a levitar
(una vez y no mas)
¿Con veinte años quién se ahorca
si no es en un San Juan,
en un junco a la rivera
del arroyo del llorar?
¿No es con veinte años
que salimos a bailar,
que lloramos y reimos
sin saber qué pasará?
¿No es con carne alegre
que otras carnes salimos a probar,
ojos del aliento verde,
labios del claro mirar?
¿No es la edad inmesa
en donde el niño comienza a naufragar
y al bosque con un hacha
salimos a todo cantar?
Con veinte años el ahorcado
ya se llamaba papá;
en un vientre iba su hijo
y él nada le podía dar.
Salía de noche al pueblo
y le acusaban de robar.
Y es que quien nunca tuvo nada
sólo la culpa probará.
En un vientre iba su hijo;
no tenía nada más
(aparte de veinte años
que no pudo disfrutar).
Aún habrá quienes se alegren,
pues un ahorcado no molesta ya.
¿Y qué le dirán al niño
que entona "papá"?
"Un ladrón y un suicida
no merece del llorar"
¿Qué le diréis a la abuela
que le encontró sin respirar?
"Tu mala sangre pariste,
la muerte lo vino a remediar".
Con veinte años el ahorcado
aprendió a levitar.
¡Con veinte años quién se ahorca
si no es en un San Juan!
[Una vez y no más]
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