Con el paso de los años, el conocer y el degustar, no puedo evitar ir cogiéndole más tirria a Neruda y sus ojos de pez. No obstante, hay algo por lo que me veré siempre obligada a estarle agradecirda, y es un breve episodio relatado en su autobiografía Confieso que he vivido (y como en todas partes hay blanco, negro, gris y fosforito, también contiene este libro el relato de una escena que, puesto que su autor ya está demasiado muerto como para que nos sirva de algo enfurecernos contra él, nos deja con la nausea en la garganta). Este episodio (que como cuento de memoria puede tener fallas, ya que el libro se lo dejé a un amigo que nunca me lo devolvió, y que yo nunca reclamé) es aquel en el cual, cuando Neruda va a leerle sus poemas a Lorca, este le corta, exclamando "¡Calla, calla, que me influencias!". Cuántas veces no nos habremos visto les escritores en esta misma encrucijada: por una parte, hay que leer mucho y a muches para escribir bien. Pero por la otra, ¡qué rabia cuando siento que, después de leer a Pessoa, se me cuela en los relatos esa especie de melancolía ponzoñosa! ¡Qué imposible es no inventarse términos y trascendentales divagaciones absurdas tras leer Rayuela! ¡Lees a Gloria Fuertes y te salen los juegos de palabras por los dedos!
Esta introducción tiene como fin explicar la naturaleza del siguiente poema: lo escribí una de las mañanas del verano que pasé en la casa de campo de un amigo, rodeada de buenes compañeres, pero también disfrutando de mi soledad. Subíamos al monte, explorábamos unas trincheras y una mina abandonadas, o íbamos a bañarnos al río. Luego regresábamos a casa y cada cual pasaba su tiempo a su manera. Durante aquellos breves días sólo contábamos con tres libros: la obra bilingüe de Walt Whitman que se hallaba en la casa desde antes de nuestra llegada. Canto a mí mismo, que llevó un amigo consigo, y Esperando a Godot, mi aportación. Me pasaba las horas de descanso tumbada en la enorme hamaca del jardín leyendo Canto a mí mismo. A veces une de mis compañeres venía y se tumbaba a leer en el otro extremo de la hamaca, de modo que sus pies quedaban junto a mi cabeza. Permanecíamos en silencio, cada une inmerse en su lectura, aunque cuando algún verso o frase nos sorprendía rompíamos este silencio para comunicárnoslo, lo masticábamos y paladeábamos, a veces haciendo algún comentario antes de regresar a nuestros respectivos libros.
De modo que pido disculpas de antemano, y espero que entendáis que cuando escribí esta poesía no pretendía imitar el canto de Walt Whitman, sino que este resonaba incesante e irremediablemente en mi conciencia. Y que mandar callar a Neruda es una cosa, pero me juego el cuello a que ni Lorca alzaría la voz cuando Walt Whitman habla.
La vida en mi interior es canto fresco,
labios de riachuelo deshelado.
Todo entorno a mí, incluso en su sopor,
ruge, suspira y se celebra.
Amantes de recién florida carne
apuran la ebriedad de dos vidas.
Yo soy mi propia progenie
concebida tras yacer con el Momento,
todo a mis ojos es misterio,
juego de reglas con alma en golondrina.
Me visto con la pluma del fénix y
saciada del dulzor del silencio,
me retiro a la soledad umbría
desde donde contempar por siempre
el soñar de la hoja perenne,
los fractales de las nubes,
un río siempre primavera
y una ola siempre marea alta.
(Este poema lleva por todo título .IV., puesto que ocupa en Juglans Nigra, poemario cuya edición estoy preparando)
Esta introducción tiene como fin explicar la naturaleza del siguiente poema: lo escribí una de las mañanas del verano que pasé en la casa de campo de un amigo, rodeada de buenes compañeres, pero también disfrutando de mi soledad. Subíamos al monte, explorábamos unas trincheras y una mina abandonadas, o íbamos a bañarnos al río. Luego regresábamos a casa y cada cual pasaba su tiempo a su manera. Durante aquellos breves días sólo contábamos con tres libros: la obra bilingüe de Walt Whitman que se hallaba en la casa desde antes de nuestra llegada. Canto a mí mismo, que llevó un amigo consigo, y Esperando a Godot, mi aportación. Me pasaba las horas de descanso tumbada en la enorme hamaca del jardín leyendo Canto a mí mismo. A veces une de mis compañeres venía y se tumbaba a leer en el otro extremo de la hamaca, de modo que sus pies quedaban junto a mi cabeza. Permanecíamos en silencio, cada une inmerse en su lectura, aunque cuando algún verso o frase nos sorprendía rompíamos este silencio para comunicárnoslo, lo masticábamos y paladeábamos, a veces haciendo algún comentario antes de regresar a nuestros respectivos libros.
De modo que pido disculpas de antemano, y espero que entendáis que cuando escribí esta poesía no pretendía imitar el canto de Walt Whitman, sino que este resonaba incesante e irremediablemente en mi conciencia. Y que mandar callar a Neruda es una cosa, pero me juego el cuello a que ni Lorca alzaría la voz cuando Walt Whitman habla.
La vida en mi interior es canto fresco,
labios de riachuelo deshelado.
Todo entorno a mí, incluso en su sopor,
ruge, suspira y se celebra.
Amantes de recién florida carne
apuran la ebriedad de dos vidas.
Yo soy mi propia progenie
concebida tras yacer con el Momento,
todo a mis ojos es misterio,
juego de reglas con alma en golondrina.
Me visto con la pluma del fénix y
saciada del dulzor del silencio,
me retiro a la soledad umbría
desde donde contempar por siempre
el soñar de la hoja perenne,
los fractales de las nubes,
un río siempre primavera
y una ola siempre marea alta.
(Este poema lleva por todo título .IV., puesto que ocupa en Juglans Nigra, poemario cuya edición estoy preparando)
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