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Con el ojo en tormenta

Me gustaría decir que este poema (que carece de título, y no es más que .II., puesto que ocupa en el poemario que estoy preparando) lo escribí cuando yo misma era una extranjera. Pero no fue así, sino que nació tiempo después de mi regreso, en una cafetería que me es harto conocida, en mi buena ciudad Uviéu, de la que sin embargo tanto deseo escapar, y en una servilleta de la que luego me olvidé durante bastante tiempo. Pero el hecho es que, en mayor o menor medida, en todas partes somos extranjeres, y en todo momento de extranjeres estamos rodeades. Otra cosa es que, llegado cierto punto, haya que fingir que nos conocemos y que pertenecemos, porque ser eternamente extranjere ¿quién lo soportaría?

¡Qué alegría ser extranjera!
Llegar con aires de otras flores,
con los labios plagados
de tumbas de dioses
y rebeliones de vírgenes.
¡Qué alegría ser extranjera!
Aterrizar con el ojo en tormenta
descargando dentelladas eléctricas
en la carne de nuevos amantes.
Cincelar las blancas lápidas
cuyos nombres no tienen colmillos
y toman por igual homenaje
la risa de sal, la lágrima de gorrión.

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