Para que yo pudiera amarte
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.
Historia de un amor, Cristina Peri Rosi
Para que tú me mires
han corrido sobre la arena
los sueños de civilizaciones
que enterraron a dioses
más hermosos que el alba
en anónimas fosas de lodo.
Pero tú te has enamorado
del llanto, y no me miras.
Para que tú me escuches
alzaron el pensamiento al cielo
ristras de animales
desencantados del tacto,
esclavos de la conciencia,
anclas en el vacío.
Pero tú haces grandes
los ecos, y no me escuchas.
Para que tú me toques
los dientes arrancaron
las entrañas de las rocas,
y los sabios aceptaron
la severa enseñanza
de espina en la rosa.
Pero tú estás aterrado
por el dolor, y no me tocas.
Para que tú me pruebes
prohibieron en los campos
los números, avergonzados
por el genocidio
de flores destinadas
a desnudeces vacías.
Pero a ti no te enternecen
los pétalos, y no me tocas.
···
Para que yo te mire
engulleron las venas
dos sangres de odio,
y el tiempo olvidó un momento
tan dulce como la miel
su oficio de vejez.
Pero ofreces sin dar
y no tiene sentido mirarte.
Para que yo te escuche
el misterio se demoró
en dos décadas de cercanía,
llenando de mensajes
la luz de las farolas
y el alcohol de los vasos.
Pero suenas a hueso
y no tiene sentido escucharte.
Para que yo te toque
los mares se llenaron
de medusas inmortales
y las criaturas comenzaron
a desear la inconsciencia
del mundo salado.
Pero tú naces del deseo incumplido
y no tiene sentido tocarte.
Para que yo te pruebe
la noche fingió olvidar
las llaves del alba,
y los cipreses se hicieron
frágil collar de perlas
suspirando por un cuello vivo.
Pero tú añoras lo que no eres
y no tiene sentido probarte.
Para que tú me ames.
Para que yo te ame.
Tendríamos que estar
muy solos en la noche, o
enloquecidamente perdidos
en el día sin fin de la conciencia.
Tendríamos de volver de nuevo
a no saber nada,
a desearlo todo,
a ser ingenuos y malvados.
¡Oh, para amarnos tendríamos
que no ser tú, que no ser yo!
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