Aquella mano, presencia
de flor tronchada,
de fin de primavera.
Las uñas: guijarros viejos.
La piel: canción de otoño.
Las venas: vino seco.
Aquella mano, recorriendo
cuidadosa y atenta,
mármol blanco,
rellenando copas,
afilando cuchillos,
limpiando platos.
Aquella mano, que un día
quizá sostuvo un ave,
o buscó un grillo,
o en los caballos puso alas.
Ahora se ha acostumbrado
a tactos ásperos, y se crispa
frente a la suavidad
de los rizos de un niño.
Amarga, ha aprendido
la lección de lo perdido
y aferra madera seca.
Aquella mano, ¡quién sabrá
historia de qué vida...!
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