En el Parque San Francisco hay un estanque con patos. Antes también había una pareja de cisnes comunes. La gente iba y les lanzaba pan, galletitas, arroz… ellos se acercaban y extendían sus hermosos cuellos a la vez que abrían sus amenazadores picos. Los niños, como éramos más pequeños que la valla que cercaba el estanque, teníamos que alimentarlos pasando nuestros bracitos a través de los barrotes, pero si no teníamos cuidado, nos ganábamos un buen picotazo. Fue así como inventamos un maravilloso juego: les ofrecíamos nuestras inocentes manos a los cisnes y, cuando estos venían a picarnos, las retirábamos rápidamente. A quien picaban, perdía. Podíamos pasarnos así horas.
Un día los cisnes no estaban en el estanque, sino en el prado que lo rodeaba. Uno rígido, petrificado en la muerte. El otro balanceaba su hermoso cuello lentamente, como lamentándose a su manera. Resulta que las aves también perciben esa triste diferencia entre la vida y la muerte, y a veces se quedan junto a los cadáveres. Resulta que las aves, entre muchas otras cosas, también pueden enseñarnos sobre las emociones; nuestras primeras lecciones sobre la pérdida y el amor.
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