Y si vinieras ahora
no habría umbral que se abriera
a esos andares de sombra
que llevas por la vereda.
Tú que partiste con soles
y abrigo de luna nueva
te perdiste por los montes
donde morren las estrellas
y conversaste con dioses
con las cuencas ya resecas,
bebiste de sus palabras
aun siendo de arena negra.
no habría umbral que se abriera
a esos andares de sombra
que llevas por la vereda.
Tú que partiste con soles
y abrigo de luna nueva
te perdiste por los montes
donde morren las estrellas
y conversaste con dioses
con las cuencas ya resecas,
bebiste de sus palabras
aun siendo de arena negra.
Cuando vuelvas a este pueblo
ya no estará la gacela
que al comer de tu carne
conoció el hambre de Eva.
Ella se fue por los valles
en busca de la marea,
del invierto del otoño,
verano y primavera.
Se dice que allá la oyeron
pariendo entre mar y tierra
un niño emplumadito
de granadas y cerezas
que al minuto ya volaba
llorando lágrimas tiernas,
sabiendo ya de la muerte,
vieja doncella esbelta,
que le cantaba en el pecho
sus añoranzas de tierra;
la tierra que florecía
donde quiera que él fuera.
¿Ves las mimosas que bailan
aromando la cambera?
Fue él: pasó con el viento un
día antes que tú volvieras
con esos andares de sombra
que llevas por la vereda.
aromando la cambera?
Fue él: pasó con el viento un
día antes que tú volvieras
con esos andares de sombra
que llevas por la vereda.
Vete, vete a darle caza,
no hay aquí umbral que se abriera
que nadie hay que quiera probar
tus besos de arena negra.
Te perdiste por los montes,
cadáveres entre peñas;
más ninguna sepultura
ofreciste a las estrellas
que, echando helechos de plomo,
el vientre abrían a la piedra.
Ya no te abrigan los soles
tu luna se ha puesto vieja,
llevas infesta la carne
donde pastó la gacela.
En este hogar ya no hay reposo
¡Ay arena, arena negra!
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