Compadezco a quienes nunca hayan aprendido nada de un animal. Ni siquiera hablo de grandes lecciones. Es mejor empezar por lo nimio, por lo mundano. Más tarde, cuando nos empiece el ahogo existencial, ya buscaremos cualquier cosa que nos alivie un poco.
Mi primo y yo todavía éramos unos niños cuando aprendimos nuestra primera lección. Unos niños ignorantes y despreocupados, sumidos en su universo de juegos y descubrimientos, excitables e impacientes, con esa terrible mezcla entre la pura emoción y el repentino hastío. A veces, nos obsesionábamos durante semanas con un juego hasta que un día, de repente, ya no lo soportábamos y necesitábamos uno nuevo como si nos fuese la vida en ello. Era fácil encontrarlo pues, hay que decirlo, el destino nos había favorecido: mi padre era el Conserje de la Facultad de Ciencias de Oviedo. Esto significaba que mi familia vivía en el campus, un lugar rodeado de prados y altos árboles por donde correteaban los mirlos, graznaban las urracas y revoloteaban los gorriones. A mi primo y a mí, nos interesaban estos últimos, y queríamos capturarlos. No para hacer de ellos una mascota, sino para demostrar nuestras increíbles habilidades. Fue así como los gorriones nos enseñaron acechar, planificar... y fracasar.
Comenzamos por observarlos. No sé si alguna vez os habéis parado a observar seriamente a los gorriones. No me refiero a cuando se acercan a vuestra mesa en la terraza a miraros con ansia; tampoco a cuando aparecen de la nada y le roban la miga de pan a esa pobre paloma tullida. Me refiero a cuando van a su aire, dedicados a sus cosas de gorriones. Entonces, son escandalosos, hiperactivos, imprevisibles, maleducados y caprichosos. Se puede escuchar su jarana constante saliendo de los arbustos, o de la copa de algún árbol, o de las cornisas de los tejados, y a nada recuerdan más que a un grupo de tertulianos en plena discusión sobre si a la Paca le gusta o no el Paco. Sin embargo, son desconfiados como ratones. No se los puede capturar así como así y, por supuesto, nuestro destino era fracasar.
Para empezar, mi primo y yo nunca nos caracterizamos por una inteligencia sobresaliente. Teníamos nuestros puntos, por supuesto, maravillosos momentos de ingenio y sagacidad, cierta capacidad imaginativa, y algo de desobediencia que nos llevaba a vivir situaciones imprevistas. En definitiva, lo que cualquier niño. Pero la “trampa” que preparamos para capturar a los gorriones no podía ser más ramplona: una jaula vieja sacada del patio (paraíso de los niños repleto de fascinantes Trastos), cuya puerta se mantenía abierta gracias a un palito con un hilo atado, del que tiraríamos desde la distancia cuando un gorrión entrase, atrapándolo. Con ese plan en la cabeza, llenamos un comedero de alpiste y lo pusimos dentro de la jaula; luego, cogimos la vieja y oxidada carretilla del patio y la cargamos de Trastos, que mi primo aseguraba que serían útiles: una pala, un cubo mugroso, un bastón, unas tijeras, un cazamariposas roto, una caja de cartón y, encima de todo, la propia jaula. Listos para la caza, salimos por la puerta del patio y nos dirigimos al muro Oeste de la Facultad. Ahí colocamos la jaula, con nuestro improvisado sistema de palito e hilo puesto a punto y, dejando la carretilla con los Trastos por ahí, nos escondimos detrás del muro. En nuestra defensa, diré que más allá de la simplicidad de nuestro plan, los estudiantes también fueron un gran inconveniente, pues no dejaban de acercarse para examinar la jaula, por lo que mi primo y yo nos veíamos obligados a emerger repentinamente de detrás del muro, asustándoles. Algunos se sonreían, poniéndoseles en los ojos un brillo enternecido. Otros tantos, sin embargo, torcían el gesto y nos miraban con un desprecio que, recordándolo ahora, no puedo calificar sino de clasista. Cierto es que nuestro aspecto no sería el orgullo de ningún padre. A mi primo y a mí no nos gustaba vestirnos, y siempre que podíamos él se limitaba a ir en calzoncillos y yo en bragas y camiseta interior. Solíamos llevar la cara y las manos sucias, y el pelo revuelto y desgreñado. Todo el mundo sabe que, para jugar, no hay que ponerse las mejores galas.
Al final, tras toda una tarde moviéndonos de un lugar a otro con la carretilla a cuestas, ya habíamos probado suerte por todo el campus, y habíamos satisfecho la curiosidad de todos los alumnos. Hablábamos de de lo que haríamos al día siguiente, tratando de idear algún nuevo sistema más eficaz, (aunque coincidíamos en que los estudiantes, y no nuestros medios rudimentarios, eran el principal problema), cuando vimos a mi padre torcer una esquina y encaminarse hacia nosotros con gesto oscuro. Lo que se reflejaba en sus facciones no era exactamente el enfado de “Lo que habéis hecho está mal”, sino el fastidio de “¿Por qué tenéis que hacer estas cosas?”. Con palabras bruscas y roncas, nos ordenó regresar a casa inmediatamente y dejar la carretilla, junto con todos sus Trastos, en el patio, y que ni se nos ocurriese volver coger nada de todo aquello, que para eso teníamos juguetes normales.
Cabizbajos, regresamos, tragándonos nuestra derrota a manos de los gorriones, cuya bulla se mezclaba con los últimos arrullos de los mirlos, despidiendo el día.
Años después, en alguna de esas reuniones familiares en las que se rememora machaconamente el pasado, mi padre nos explicó el motivo de su fastidio: se encontraba en su puesto en la conserjería, cuando el decano se acercó a él y, con gesto falsamente contrito, le dijo:
- Oye Pepe, mira a ver si puedes llamar a la policía, que me han llegado unas cuantas quejas de dos niños gitanos que andan por ahí. - (No hago sino transcribir sus palabras).
- Son mi hija y mi sobrino. - Respondió mi padre tajante, antes de ponerse en pie y salir a buscarnos, dispuesto a prohibir para siempre la caza de gorriones.
Comentarios
Publicar un comentario