¡Qué poca vergüenza, ir por ahí con la cabeza abierta de par en par, enseñando el cerebro de esa manera! Se te van cayendo las palabras y las ideas, y a tu espalda dejas un rastro como de baba de caracol directo a la sal.
¡Eres piedad, un mal ejemplo, las madres rezan (incluso las que no rezan) para que sus hijos no se parezcan a ti! En las esquinas recoges cuencos de agua y comida que la gente te deja, porque ven en ti a un gato callejero. Si un día te mueres, ¿quién te recuerda? Nadie va a querer cargar con el muerto.
Vas por ahí espantando a la gente lo mismo que un petardo a las aves; te evitan, se apartan, te dedican consoladoras sonrisas, te entienden o no, te responden “Sí” o “Quizá” o “Claro”. ¿Hace cuánto que alguien no se para a escucharte y saber lo que dices?
¡Qué trucos de magia baratos! ¡Qué horror que ni la música te tienda una mano! Y a estas alturas, ya todos dicen “Este ya no se salva, ¡es una pena! no era mala gente...” Pena, a pena has quedado reducido. Venga, regresa a casa, cósete la cabeza, tápate ese cerebro, que nadie quiere vértelo. Pena, sólo pena.
Reescritura Bach en León Suenan Bach y los suspiros. ¿Hay algún rastro de que existimos, noche de otoño, cielo dormido? Dos amantes tan jóvenes como nosotros tienen que escuchar a Bach después de pretender amarse, ¡así el mero sexo se transformará en un pasaje en un libro de Cortázar, y nuestros cuerpos desnudos tendrán sentido! La cama es cálida. Las cortinas tienen dibujos de amapolas. Afuera llueve y sopla el viento. Hoy es la madrugada del domingo. Lo hemos hecho todo bien, como los relatos y la poesía dicen que deben hacerlo los amantes: un primoroso arreglo de estética. Pero yo le amo a él y tú me amas a mí. Pero tras besarte a ti no volveré a besarle a él; y tras besarme a mí tú regresarás para besar la frente de tu pareja. Unos pasos rompen el monólogo de la lluvia. El motor moribundo de un coche. La pesada puerta de algún portal. Unos pisos más arriba, una cisterna. Bach calla y...
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