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MORADORES DE OVIEDO

    ¡Qué poca vergüenza, ir por ahí con la cabeza abierta de par en par, enseñando el cerebro de esa manera! Se te van cayendo las palabras y las ideas, y a tu espalda dejas un rastro como de baba de caracol directo a la sal. 
    ¡Eres piedad, un mal ejemplo, las madres rezan (incluso las que no rezan) para que sus hijos no se parezcan a ti! En las esquinas recoges cuencos de agua y comida que la gente te deja, porque ven en ti a un gato callejero. Si un día te mueres, ¿quién te recuerda? Nadie va a querer cargar con el muerto. 
    Vas por ahí espantando a la gente lo mismo que un petardo a las aves; te evitan, se apartan, te dedican consoladoras sonrisas, te entienden o no, te responden “Sí” o “Quizá” o “Claro”. ¿Hace cuánto que alguien no se para a escucharte y saber lo que dices? 
    ¡Qué trucos de magia baratos! ¡Qué horror que ni la música te tienda una mano! Y a estas alturas, ya todos dicen “Este ya no se salva, ¡es una pena! no era mala gente...” Pena, a pena has quedado reducido. Venga, regresa a casa, cósete la cabeza, tápate ese cerebro, que nadie quiere vértelo. Pena, sólo pena. 

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