Hueso de oro, sol de agosto,
de frente, brutal quijada;
por celo del monte pleno
se encabrita y agranda,
embiste sobre las copas
que dan su sombra abrasada
a nuestro cuerpos vestidos
con linos, piel perfumada,
olorosa a los aceites
que lloran flores saladas.
Sendero arriba cantamos
himnos de lenguas como agua,
sin dolernos de las tierras
que nos bajan por la espalda.
Con los rostros descubiertos,
con blancura desbastada,
con los ojos afilados
de los que miran con calma,
y en lo alto de la cabeza
cestos de plata sagrada
donde el viento teje ensueños
de su soledad amarga.
Entre los troncos los cuervos
claman su hambre despreciada,
tienen sombra de llama o
de pilares de obsidiana.
“Callad”, decimos riendo
“que hoy no os traemos nada.
Vacíos van nuestros cestos
que nos doblarán la espalda
cuando bajemos de nuevo
con la cosecha acabada.
¡A callar, cuervos, a callar!
que hoy no os traemos nada,
no subimos hoy al monte
vísceras ensangrentadas,
patas, costillas y cuernos,
ni una cabeza tajada,
que con sus cuencas vacías
sabe augurar la llegada
de buitres leonados donde el
renacer tiene morada.
¡A callar, cuervos, a callar!
que hoy no os traemos nada.
Hoy subimos a limpiar
el monte de su nevada,
asfixiado entre los huesos
que rumian vidas pasadas
bajo el vientre de las nubes,
frente al Adriático que ata
esta isla y el continente
con surcos de agua horadada.
¡A callar, cuervos, a callar!
que hoy no os traemos nada.”
Los huesos sueñan con cardos,
los cardos, con su astada
cabeza, miran los buitres
y aguardan la mano exacta,
la que sepa así quererles
sin buscar la rosa blanda.
Y entre cardos paseamos,
los huesos lloran y callan
al sentirse prisioneros
fríos entre nuestras palmas.
“Paf, paf”, al caer en las cestas.
Pues no tienen voz, no claman.
Si pudieran gritarían
“¡Déjame la madrugada!
que no supe ayer mirar
a la luna plateada.”
¿Qué sabemos de los huesos?
Pues no tienen voz, no hablan.
Las cestas se van llenando,
el sol trae sombras quemadas,
refugiadas de las olas
que añoran tierra endulzada.
¡Cómo besa el sol la nuca
buscando la sangre clara,
queriendo hacer de la carne
experiencia de la iguana!
Y los huesos, sin raíces,
dejan tierra desnudada.
Hueso de ámbar, sol de agosto en
el atlas brutal quijada;
por pena del monte expuesto
se desintegra y derrama
en las copas de los pinos
sus venas deshabitadas,
que poco calor ya ofrecen
a nuestras pieles sudadas,
donde no queda recuerdo
de olor a flores saladas.
Senda abajo vamos con
la canción en la garganta.
¡Ah sido duro el trabajo,
es el fin de la jornada!
En el puerto están los cestos
(sigue gimiendo su carga)
esperan el barco que
les lleva hasta la nada.
¡Pobres huesos! ¿qué sabemos
de vuestra vida pasada?
¿Qué si un día fuisteis el
cordero con flor de lana?
O quizá por riscos disteis
su resistir a las cabras
o el esternón que guardó
el corazón de una vaca.
¡Huesos, ahora, sólo huesos
con historia estabulada,
que aun sin calor os buscáis
entre sombras despiadadas
de una bodega de un barco
navegando hacia la llama
que arderá el recuerdo de
buitres, cardos, luna y madrugada!
Es el fin del día de
la cosecha, terminada.
Es verano y noche fresca,
bebemos cerveza amarga,
el más dulce teranino,
no tememos la resaca,
invocamos los países:
Portugal, Croacia, España;
agradecemos el azar
que nos juntó las jornadas
y borrachos como cubas
vemos a dormir al alba,
y soñamos con los vientres
de ovejas, cabras y vacas,
donde ya crecen los huesos
que nueva cosecha aguardan.
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