Réquiem por un campesino español, Ramón J. Sender
Quiero sentarme frente al mar,
porque el mar está vivo y nunca se termina
por más altos que sean los acantilados.
Porque si al mar, que es tan grande,
tan eterno, tan sangre del aire,
no le duelen mis penas, cómo pueden
a mí, que soy pequeña y breve, hija
de mi madre, madre (espero) un día de mi hija
¿cómo pueden a mí dolerme mis penas?
Quiero sentarme frente al mar,
vengo a afilar dagas, espadas y flechas
de pensamiento y sentimiento,
a desdeñar frente a las olas mi amargura,
a contarle que quiero, con mis manos suaves,
salvar el mundo, desterrar a los mezquinos
con golpes de rabia y poesía sin dientes.
Vengo a escuchar su rugido inanimado,
su indiferencia ante el destruir humano.
Vengo a que mis sueños no sepan a nada,
a creer en la reencarnación para ser medusa,
sin bautismo, casi eterna, sin saber, a penas, que existo,
como de sí el mar no sabe
más que las palabras dadas por los humanos.
Quiero sentarme frente al mar,
hoy, mañana, siempre hasta la muerte,
porque en el mar tiempo y muerte se diluyen,
se vuelven olas que no duelen,
y si las miras largas horas
también tu carne, tu amor y tu miedo
se harán ola:
un instante de todo,
una eternidad de nada.
Quiero sentarme frente al mar
sobre todo y sin importar cualquier derrota:
porque estoy viva
y porque el mar es hermoso.
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