Tú no sabrás nunca, esfinge de nieve, lo mucho que yo te hubiera querido. Lorca
No suena ni un cascabel estremecido
cuando tomo estos versos y los tejo
entre mis dientes como una araña
de cuya obra depende
su sustento.
No, ni un rostro evanesciente
como una marca de dolor
entre los ojos.
La piel del cielo tiene
helada anemia de plata,
y al mirarlo no hay ni un labio
abierto gritando:
“¡Amor, amor mío!”.
Ya no dejo ni un verso interrumpido
al escuchar una voz, unas pisadas,
el mercado de sedas de una risa
o el matutino bostezo de la guitarra.
Ya no empiezo ningún verso con lamentos
de mis manos aferradas a una ausencia.
Si entrego al aire mis dedos
¡puedo jurarlo! brotarán
hojas de roble, y bajarán raíces
hasta el centro de mi carne,
y el Norte como un padre
arropará de musgo mi pecho.
Ya no siento cuchillas en las palmas,
ni en mi garganta el frío filo
de un nombre al degollarme cada noche.
Por las venas llevo el silencio
del sueño en que el ojo
de un humano no ve nada.
He buscado esta paz durante años:
mirar al sol nacer entre las nubes
sin la sombra de una ausencia.
Decir mi nombre y llenar el mundo.
Decir mi nombre y no buscar otras huellas.
¡Pero esta paz no sacia el hambre!
Ahora mi hambre es un eco,
el hambre de un cuerpo sin dientes
que ve la carne y no la roza.
Para esta paz ¡soy demasiado
joven!
Agradezco la lenta
procesión de caracoles
que llena de detalles mi mirada.
Agradezco la inútil amistad
de las moscas y las lagartijas
y la desfasada protección de las arañas.
¡Pero quiero volver a sentir mi corazón,
un corazón capaz de romperse
en una tonta lucha por la nada!
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