Puede que haya arado
una soledad en otro cuerpo,
un surco donde ahondan
el tiempo y el recuerdo.
Puede que mi nombre en unos labios
esté buscándome en el viento.
Me busca el recuerdo de una risa
hundida en las arenas del tiempo.
Un baile triste por la noche
rabiando por un mensajero
que traiga un ramo de postales
con los ecos marinos de mi pecho.
He hundido la mano hasta
la blanda escritura del hueso,
dibujando ciervos heridos
en su afán de llegar siempre más lejos.
Viajeros que se pierden los caminos
por avanzar soñando el regreso
a los hogares frente a cuyas puertas
dejaron inacabados sueños.
Y en unos ojos tal vez murmure
un brillo en el que no me desvanezco,
el legado de aquella hoguera
frente a la que narré un hermosos cuento.
¡Qué crueldad tener un nombre,
una voz, historias y gestos
que nos esculpen, como estatuas
de tiempos mejores, en los templos!
¡Qué castigo ser una, limitada sin raíces
que cubran un millón de metros!
Y el pago por el agua
es hacerse viejo,
trocar las flores por arena,
los amigos por silencio,
las despedidas por un seguro
no verse de nuevo.
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