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Un cuento de luz

El aire era asfixiante, húmedo y salado, palpitaba como un gigantesco caballo de carreras cubierto de sudor y vapor. Era julio y cientos de luces se hundían como joyas en las susurrantes aguas de la bahía de Zaklopatica. No se trataba de las estrellas, sino de las luces humanas, de su orgullo eléctrico. Las casas iluminadas formaban un bordado alrededor de la costa mientras, sobre el agua, botes repletos de lámparas colgando como monstruosas luciérnagas se balanceaban al ritmo de la gente que bailaba sobre sus cubiertas. La música resonaba, las melodías se mezclaban entre sí formando una trenza de lenguas y pulsos; algunas lentas como tortugas, otras rápidas como avispas. Todas cálidas como el verano. 

Aquella no era más que otra noche en la bahía. Las casas alquiladas por turistas, los barcos llenos de turistas, los konobars donde las parrillas gorjeaban y la carne y el pescado exhalaban el sensual humo que invocaba a los turistas. La bahía era su reino, tan sólo unas pocas casas continuaban habitadas por los pobladores originales de la isla. Las luces, la música, la comida interminable, las ropas mojadas fusionándose con la piel, tallando las formas de los cuerpos. Tanto como sus vacaciones durasen, o su bolsillo lo permitiese, la bahía era un lugar fuera del tiempo. 

La delgadísima luna menguante no podía competir contra el amarillo, azul y ámbar de las luces del insomnio humano. Sentado a una mesa, un hombre gordo esperaba su pedido fumando perezosamente. De vez en cuando, lanzaba miradas de anhelo a las sardinas asadas de la pareja de la mesa vecina. Un súbito golpe y el estruendo de platos y cubertería le hizo tragar el humo del cigarrillo. Y vinieron más y más golpes. Algunos sonaban como un cuerpo blando chocando contra cristales, otros chocando contra el agua; mientras, el sonido de platos y cubertería no cesaba. Luego llegaron los gritos y la confusión. Tosiendo, con la visión empañada debido a las lágrimas, el hombre gordo no tenía dudas de que debía de estar soñando: sobre la mesa en la que hacía menos de un minuto humeaban las apetitosas sardinas, yacía ahora un pájaro del tamaño de una paloma, aunque con las alas mucho más largas. Y según su visión se aclaraba más y más, veía pájaros por todas partes, encima de las mesas, en el suelo y en los tejados, incluso sobre las caras o los pechos de las personas contra las que habían ido a chocar… Luego, por unos segundos, todo se paralizó, sólo la música continuaba sonando como sobre un fotograma congelado. Pero la escena no tardó en volver a la vida. Las aves comenzaron a incorporarse y las personas a entrar en pánico. Eran unas aves sobrias: oscuras en la mitad superior y blancas en la inferior, con cabezas delicadas de enormes ojos negros y finos picos terminados en un garfio. Eran pardelas, pardelas mediterráneas que habitaban en la pequeña isla que taponaba la entrada a la bahía. Al principio se movían torpemente, tropezando sobre sus patas palmeadas y cayéndose a los lados, con un brillo de aturdimiento en sus hermosos ojos. Una señora en sus sesenta surgió del interior del konobar esgrimiendo una escoba, sin duda dispuesta a barrer aquel desastre. Ya se dirigía hacia el pájaro que había aterrizado sobre las sardinas a la parrilla cuando este le dirigió una mirada en la que no quedaba la más remota pizca de confusión. Era una mirada altiva y vivaracha, con cierto toque infantil. Sin saber por qué, la mujer se detuvo, como intuyendo que estaba a punto de cometer una enorme estupidez. Pero el ave ya no le prestaba atención. Se acicalaba cuidadosamente mientras miraba a su alrededor. 

  • Ah, ¡así que aquí es a donde vienen a parar todas las sardinas! - Se escuchó una voz que sin duda no era humana.
  • ¡Y los arenques! - Gritó otra.
  • ¡Y las anchoas, centenares de anchoas! - Informó una tercera. 
  • ¿No somos afortunadas? Esta noche ha sido nuestro primer vuelo y hemos aterrizado en el paraíso ¡Que aproveche! - Gritaron muchas al unísono. 

Y ahí, en ese oculto rincón del mundo, una inimaginable transformación tenía lugar: las pardelas crecían, sus patas se alargaban, vistiéndose de anillos de oro hasta llegar al blanco plumaje, que ahora se entretejía convirtiéndose en una túnica blanca cubierta con satinados bordados de plumas. Sobre esta, iba apareciendo un abrigo de terciopelo negro, tan largo que tocaba el suelo, con mangas cayendo como cataratas y arrastrándose como ríos, y una capucha que les cubría la cabeza con dos enormes broches de perlas a la altura de los ojos. Bajo esta sobresalía el pico decorado con grabados de olas. Ningún grabado era igual a otro: algunos representaban el mar en tormenta, otros ondas perezosas o la espuma al romper contra las rocas. Para entonces, las pardelas ya habían sobrepasado en estatura a cualquiera de los presentes, que aún no comprendían aquella metamorfosis operada en menos de un minuto.

- ¡Cuántas luces, cuántas luces! Así no se puede disfrutar de la cena, ¿verdad? - Declaró una de las pardelas.

- ¡No! - Corearon muchas otras. Y la anarquía comenzó: volcaban las mesas, arrancaban las guirnaldas de bombillas que decoraban los muros, se colgaban de las lámparas, lanzaban platos y cubertería a bombillas y farolas (sin muy buena puntería). Ni las luces de los barcos se libraron de su asalto hasta que, por primera vez en quién sabe cuántos años, el cielo estaba negro en Zaklopatica. De fondo, continuaba sonando la música. No por mucho tiempo.

- ¡Esta música, esta música! Así no se puede disfrutar de la cena, ¿verdad? - Declaró una de las pardelas.

- ¡No! - Corearon muchas otras. Y de nuevo la anarquía: los enchufes saltaban por los aires, los altavoces caían volcados sobre el suelo y alguna pardela se abalanzaba sobre ellos tenedor en mano, apuñalándolos sin piedad. Hasta que a la oscuridad se unió el silencio. Pero aún faltaba un último detalle antes de cenar. Las pardelas comenzaron a agitar las larguísimas mangas de sus abrigos, y se escuchó el estruendo de trastos cayendo al suelo. Los humanos, que tan sólo eran capaces de percibir sombras moviéndose, hacía mucho que habían dejado de intentar comprender qué estaba ocurriendo. Quizá aunque pudiesen ver con claridad, tampoco comprenderían. A los pies de las pardelas se derramaban flautas, armónicas, olifantes y gaitas.

- ¡Venga! - Exclamó una voz. No hubo que decir más. Cada pardela cogió un instrumento, se lo llevó a los grandes orificios por donde respiraban y filtraban la sal del mar, parecidos a tubos, y comenzaron a soplar. No hay nada bueno que decir de sus habilidades como músicos. Quiza sólo querían hacer ruido. Si es así, ¡vaya si lo lograron! Un pandemonio que sonaba a gatos furiosos, pero obesos y con problemas respiratorios. 

- ¡Ahora está todo listo para la cena! - Declaró alguna de ellas. 

Sin parar la “música”, comenzaron el banquete. Es cierto que no quedaba ni un plato intacto, y que todo el suculento pescado estaba mezclado con esquirlas y cristales rotos. Pero a las pardelas no les interesaba el pescado a la plancha. Entraban a los konobar, asaltaban los barcos y regresaban con ristras de peces frescos colgándoles del cuello, que se tragaban de una sentada. La bahía de Zaklopatica se llenó de una alegría diferente a cualquier otra que hubiese conocido. Las gaitas atronaban, las pardelas bailaban torpemente, tropezaban y se caían, se peleaban por las ristras de pescado, o se peleaban por pelearse, mientras otras miraban apreciativamente, lanzando gritos. Quizá porque estaban felices, se abrazan y se ignoraban, se pisaban las largas mangas de sus abrigos, se subían las unas encima de las otras… De nada de esto participaban los humanos que, como estatuas, ya sólo miraban. Y miraron y miraron mientras las horas pasaron y la fiesta continuó. Mientras la oscuridad se iba haciendo cada vez más débil. Mientras la luna se esfumó del todo en un cielo gris, en ese tristísimo momento en el que ya no es de noche, pero tampoco de día, y donde los sueños llegan a su fin. Miraron y miraron pero ya no había nada de maravilloso en la escena frente a sus ojos: sólo mesas volcadas, platos rotos, cristales y bombillas, restos de comida… y entre todo esto, decenas de cuerpos inertes de aves, fríos, esculpidos como piedras en aquel amanecer sin sol. Los humanos sacudieron la cabeza, como si saliesen de un sueño. Y lo mismo que se olvidan los sueños, olvidaban todas las cosas fantásticas que habían ocurrido a lo largo de la noche, sustituyéndolas por rígidos hechos cotidianos que contarían a la hora de la comida: cómo unas aves, desorientadas por las luces, se habían estrellado contra todas partes, arruinando la que debió haber sido una alegre noche de verano. “Pobres” añadirían, con un despectivo encogimiento de hombros, pero “¿No era culpa suya por criar ahí? ¿Por qué no buscaban un lugar más tranquilo que Zaklopatica?”, reflexionaría un hombre gordo fumando perezosamente un cigarrillo. 


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