Cuando camine mi vida
hasta el umbral de los silencios
aún habrá misterios.
Hay lenguajes ocultos
en las estancias del pensamiento
de todas las criaturas.
Lenguajes del cielo,
de su eterna tentación
de hacerse gato para
dejarse acariciar
ronroneando abrazado al sol.
Lenguajes de las montañas
que se agrandan y encogen
al ritmo de la respiración
de la distancia que corre
sobre el mar, con su lenguaje
de principios y finales.
Lenguajes de la soledad,
la que duele como una
astilla en la garganta;
la que canta para sí misma
en la caída de los árboles.
Leguajes del amor
que une a las criaturas
en una gran familia
donde se engendran los lenguajes
del odio y del desprecio.
Lenguajes de la libertad
de quienes siguen al viento
y de quienes se entregan
regando día a día las raíces.
¡Lenguajes, lenguajes
sin palabras, sin la vanidosa
anatomía de laringes y altos paladares!
Tejiendo el tapiz
de la realidad más grande.
Y nosotros los humanos
¡tan sordos!
en un mundo cada vez
más silencioso,
lleno del irremplazable eco
de los lenguajes extintos.
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