Mira:
Este amor musgoso que no he logrado traer del centro de la carne.
Pensaba en ti cuando el mundo
era la flor amarilla de las guitarras al cantar.
En ti, en un desierto inmenso poblado
por aquellos que viven para el hambre.
Pero mira:
Este amor musgoso que no he logrado traer del centro de la carne.
¡Qué venga el fuego entonces,
fuego,
fuego,
fuego
a besar la frente aterciopelada de quienes han enterrado a sus muertos
y saludan, abrazan y bailan mostrando
su oleosa carne impoluta de dolor.
¡Que venga el fuego entonces!
Fuego,
fuego,
fuego,
a calmar la sed en las gargantas de los hijos del oro
los que doblegan los ojos de quienes arrancan las flores bajo el himno del amor,
los que hacen hablar a quienes quieren enjaular en su pecho
una constelación de profecías inútiles.
¡Que venga el fuego entonces!
Fuego,
fuego,
fuego
a los amores que han esculpido su leyenda sobre la carne.
Pero mira:
Este amor musgoso que no he logrado traer del centro de la carne.
Qué ceniza, qué ceniza, este intento de amar las cosas
como si no existiesen las grietas en la arcilla de las vértebras.
Qué ceniza, qué ceniza este intento de cantar
siempre en voz baja, con las manos tibias,
con la oscuridad meciendo
tierno musgo en el centro de la carne.
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