Noche, dame la mano y camina
conmigo atravesando
las últimas horas del otoño,
la arteria de Barcelona insomne.
Noche, dame la mano, no quiero
estar triste al despedirme
de mis amigos del mar de las aves.
Quiero respirar,
por una vez,
hasta el fondo de las cosas.
Noche, dame la mano, tengo miedo
porque me han contado
desde la cuna el destino
de mi carne creciendo hacia
la tierra. La soledad
del vacío a dónde
no llegan las palabras,
donde puede que algo exista,
o eso implora la esperanza.
Noche, dame la mano, ha sido hermoso
amar, probarle el cuerpo
a los hombres deseados.
Arrancarme la piel bajo el cielo
del verano y la música y el alcohol
gratinándome la sangre.
Noche, dame la mano, quizá esta sea
la última vez que caminemos,
vera a vera, juzgando
a quienes cruzan las calles
y se sientan en las plazas
con los ojos empañados.
Noche, dame la mano, quizá regrese
para abrazar a mis amigos,
para mirar al mar,
la Sagrada, el Montjuïc,
como si el tiempo no pasara
y el dinero en el bolsillo
fuese una migración de golondrinas.
Noche, dame la mano, ¡ya llega
el alba! y yo debo dejar
sin añorarle, sin desear
ni una vez más sus labios,
la cama de un hombre que me abraza.
Hacia el futuro donde todo
clama ser posible,
ese no detenerse
esa vigilia nunca
concretada, hasta que llegues
otra vez,
Noche.
Dame la mano.

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