Lo confieso:anoche hice de todo con tu nombre. Soñé que mi madre venía a buscarme con la manos rebosantes de piedras calizas, y me desperté de repente, gimiendo tu nombre, como quien convoca a los espíritus que protejen los hogares. Ya que le había hecho venir a la oscuridad de mi cuarto, le invité a quedarse, por ver qué pasaba. Primero, lo repetí muchas veces, capturando con las manos mi aliento, probándolo, pensando que quizás supiera un poquito a tud labios; oliéndolo, igual que a escondidas huelo el aire de nicotina que dejas a tu paso; tragándolo, para que echase raíces de música en mis venas.
Después probé a decirlo de todas las maneras posibles, bajo todos los acentos y alientos conocidos. Lo dije despacio, como quien aprende a hablar y no confía en sus propias palabras. Deprisa, como quien ha vivido lo suficiente y no le importan ni las maneras ni los detalles. Tenía que practicarlo muchas veces, no fuese a encontrarme el miedo y no saber llamarte; la alegría y dejarte a un lado ; la muerte y no recordarte. No fuese a tenerte en lo más hondo y equivocarme, llorandote el, nombre en lugar de gemirlo y reirlo. No fuese a encontrarme la noche en mi borrachera, cuando hablo con los perros callejeros, y olvidarme de incluir tu nombre entre las cosas que me hacen feliz de Barcelona.
Lo confieso: repetí tu nombre hasta que se me quedó la boca seca y el cansancio me venció de nuevo hasta los sueños. Vi venir una alta yegua torda, que sin hablar me decía : "" Aida, la muerte es demasiado grande, así que ama, ama y ama "
Después probé a decirlo de todas las maneras posibles, bajo todos los acentos y alientos conocidos. Lo dije despacio, como quien aprende a hablar y no confía en sus propias palabras. Deprisa, como quien ha vivido lo suficiente y no le importan ni las maneras ni los detalles. Tenía que practicarlo muchas veces, no fuese a encontrarme el miedo y no saber llamarte; la alegría y dejarte a un lado ; la muerte y no recordarte. No fuese a tenerte en lo más hondo y equivocarme, llorandote el, nombre en lugar de gemirlo y reirlo. No fuese a encontrarme la noche en mi borrachera, cuando hablo con los perros callejeros, y olvidarme de incluir tu nombre entre las cosas que me hacen feliz de Barcelona.
Lo confieso: repetí tu nombre hasta que se me quedó la boca seca y el cansancio me venció de nuevo hasta los sueños. Vi venir una alta yegua torda, que sin hablar me decía : "" Aida, la muerte es demasiado grande, así que ama, ama y ama "
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