Te espero desde que recuerdo
comenzar a desear algo.
Una brisa me decía
en el aire,
que venías.
Me decían en la plaza
que ya no era niña
para comer de espera,
y yo sueña que sueña.
Me decían por las calles
“Ave, nunca esperes
a los de su clase,
que van camino y se enamoran
de una flor cualquiera
y el camino abandonan.”
Y yo calladita,
con la sangre
cuajada de amarillos,
proclamando por lo ojos
“¡Amor eterno
a una flor cualquiera!
Bien vale la pena
esperar a quién así pueda.”
Te esperaba en las canciones,
en los besos,
en los bailes.
En las risas,
en los sueños;
vivir de espera incansable.
Y así esperando aprendí
lenguas, realidades,
músicas, imágenes,
caminos de tierra y aire.
Salí a la carretera
por donde nunca llegaste
y a punto, a punto estuve
de ir a buscarte.
Pero sentí el morder
de una avispa de hielo
entre ojo y ojo,
y ese miedo
de perder lo que se anhela
justo al encontrarlo.
Cogí caminos paralelos.
Anduve en círculos concéntricos.
Se me llenó el cabello
de azules y blancos.
Tuve cinco hijos
de amar cinco
hombres distintos.
Cinco, como cinco frutos
de árboles extintos.
La primera llevó tu nombre
por nacer
con los ojos secos.
Y el resto,
nombre de aves,
jamás nombrar
lo vivo con lo muerto.
Yo creo
que también te esperan.
Que en mi vientre,
aparte de sangre, también
les nutrió el esperarte.
Les vi echar a andar;
me vi hacerme vieja,
empezar a dar sombra de raíces
y mirar muy fijo a las flores
hasta hacérseme
polvo los recuerdos,
y quedarme en la mente a solas
contigo y con mi aliento.
A nadie presté a tención
cuando me guardaron del viento,
del sol, de los gorriones,
entre paredes de malva
tan tristes, tan tristes...
Y me dieron galletitas,
chocolates, dulces...
dieta de mudos
que ya no hablan lo húmedo.
¡Aún vinieron a decirme
con los dientes compasivos!
“Ves cómo,
ves cómo nunca llegó,
nunca quiso.”
Yo declaré riendo,
con los ojos muy pequeñitos
“Pues bien puedo decir
y digo,
que bien vale la vida
que no olvidó y espera
su utopía.”
Dicho esto
y ya que me moría
me puse a cantar
mi canción preferida.
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