Cuando volvía del desierto
de arenas azules y soles
danzando en el horizonte
seco de amargas palmeras,
te encontré frente a los recuerdos
echando flores por los ojos
y mariposas de versos
derramadas de los labios.
Cuando volvía del desierto
habiendo enfrentado
la prueba de las estrellas
que me abrasó las manos,
te hallé a ti, moribundo
de miedo, con el rezo seco
para un dios dilapidado.
Te encontré comiendo
los barcos de mares rojos
y peces de oro, plata y jade,
sin carne para tus mareas.
Cuando volvía del desierto
hacia el hogar que guardan
las dos serpes negras
desdeñosas del veneno,
me ofreciste la mentira de
el infantil juego que
amarra la alegría
a las grietas de un espejo.
Con tu mismo temor
di calma a la sed de mi desierto
en la pereza de esa copa.
Olvidé las luciérnagas,
grito último de la pupila
que vomitó su maldición
sobre las piedras de mi hogar
guardado por dos serpes negras
desdeñosas del veneno.
Se me volvieron los ojos
de nuevo a los días del silencio.
Me senté en tu jardín del dolor
regado por el oro líquido
de tu sombra expandida.
Sacrifiqué el amanecer
por perseguir al fantasma de
las viejas guerras aladas.
De los desheredados fuimos
desde entonces los reyes.
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