“Amar es algo extraño. Es… demasiado
incomprensible, vergonzosamente estúpido. Como una enfermedad, como una
locura”, me dijiste. Desde tu soledad me dijiste.
Parecías haber alguna vez amado. Solo, tú
sólo. Como se ama a la sombra que fiel nos sigue aunque infiel se entregue al
sol y se maquille con la luna. Y apartaste, por si acaso, la mirada porque
tampoco tú lo comprendías, porque eras un nefasto maestro y yo una cruel
alumna.
Pediste que nos sirvieran otra, te
encendiste un cigarro y te escapaste de la mano de Unamuno, de España y de los
fachas. “Todos mienten”, respondí, “inventarse el mundo es el primer juego del
niño.” Deseé preguntarte cómo eras de niño, o cómo habrías sido de no haber
nacido solo, de no haber amado solo, de no vivir en un piso tan frío allá en
Gijón y la playa, llamando a Oviedo piedra y lluvia. ¿Qué hay que no hiele tu
alma?
Luego, en la noche ebria, en el juego
perverso, exclamaste “¡Qué bien te conozco!” cuando dejé caer mis ojos en los
abismos de la pena. ¿Cuánto hemos llegado, sin querer, a confesarnos? A veces,
cuando se te quebraba el cuerpo, se asomaba una súplica a tu mirada. Reclamabas
mis manos con urgencia para envolverlas en las tuyas tan blancas, tan suaves.
Tan frías. Como tu casa. El resto de las veces yo lloraba por pasar el rato, me
dejaba sorprender por una frase, por una palabra amarga, por la ensayada
indiferencia en tu sonrisa. Me retiraba silenciosa y altiva a mi tristeza,
sabiendo que no volveríamos a vernos hasta no estar seguros de que en realidad
nada nos importábamos la una al otro.
Pero esa noche en que la casualidad nos
había trenzado juntos dejaste la copa fuera, entramos abriendo las pesadas
puertas de hierro como los reyes que vuelven a palacio a reclamar el trono.
Pero ya no había trono, ¿y habíamos sido alguna vez nosotros rey o reina? “Hace
frío, vámonos. Ven conmigo, duerme esta noche en mi casa”. “No puedo” contesté
mirándote con burla que reía: “¿Acaso eres estúpido?” “Es una pena” “Por Semana
Santa” (todos los años la misma promesa)“Sí” murmuraste cogiendo mi mano.
De la mano llegamos, temblando, a la
estación. “¡Qué bien te conozco” cuando dejé caer mis ojos en los abismos de la
pena. En algún encuentro onírico te confieso: lo siento, no pensaba en ti,
pensaba en él. Por algún extraño motivo pensaba en él, en todos ellos.
Llegó el bus, el sueño, las cinco y media
en el reloj. Nuestras manos aún juntas, por inercia o costumbre, por cualidad
primaria de las cosas. “Un beso” pediste antes de irte.
“En realidad las mujeres nunca os
enamoráis” Respondiste.
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