En abril regresé durante un par de semanas a Oviedo. En Barcelona, otra vez la llamada esperada no había llegado, así que seguía sin trabajo y me apetecía estar en persona en mi ciudad durante las generales. Lo recuerdo como un domingo bastante festivo, soleado, con las calles y las terrazas llenas de gentes ruidosas, de niños corriendo (la vieja Oviedo, que poco a poco se queda sin niños). Me gustaba volver a estar ahí, en sus distancias a tiro de piedra, con la sensación de poder abarcarla con la mano. De pronto todo parecía fácil y sencillo, es lo que tiene regresar al hogar tras cierto periodo, supongo.
Ese día me levanté tarde, como es habitual, me reuní con mis padres y tía en El Fontán, nos recorrimos Gascona bebiendo sidras y tras eso, en la agradable nube del alcohol y del sol de la tarde, fuimos a votar. De vuelta a casa, hablamos del futuro, de las ovejas descarriadas de la familia, esas cosas, mientras mi padre descorchaba un par de botellas de su propia sidra, hasta que mi madre dijo:
- Aida, ¿tú vienes?
- ¿A dónde? - Pregunté
- Al hospital, a ver a la madre de Mateo
- ¿Qué le pasa?
- Se está muriendo.
Mi madre siempre ha tenido el defecto de la sequedad característica de las buenas personas que, sin embargo, a veces son insensibles.
Llegamos al hospital. Al HUCA, esa mosntruosidad de oscuros cristales. Siempre le tuve cierta rabia, como si fuese un usurpador. A mi me gustaba el viejo hospital. Me gustaba de verdad, me traía buenos recuerdos de infancia, de cuando la enfermedad no era más que un dolor de barriga, o un ataque de asma en la madrugada, y bastaba ir hasta ahí para sentirse bien. Tras ello mi padre me compraba un chocolate de la máquina y, en lugar de regresar a casa, nos escapábamos a los pasillos oscuros, a los corredores apenas iluminados, llenos de ecos que mi padre convertía en historias de fantasmas, en enfermeras que se te acercaban por la espalda blandiendo bisturís.
Pero el HUCA no era nada de eso. En el HUCA ya no había nada de mi infancia, y la enfermedad era real, muchas veces intratable. Y la muerte, también. La muerte de verdad, la de la larga espera tendido en una cama, nada que ver con fantasmas o enfermeras asesinas.
La madre de mi cuñado se moría de cáncer, de varios, a decir verdad. Cuando entramos en la habitación ahí estaban su marido, dos de sus hijos (uno de ellos mi cuñado), y mi hermana, la persona más sensible que he conocido jamás, con el rostro demacrado. El aspecto de la enferma me impactó, claro. A lo largo de mi vida, sólo había visto a otro moribundo, y yo era muy pequeña, y la habitación tan en penumbra...
Nos quedamos un buen rato charlando, parloteando de todo y nada, haciéndole compañía a una mujer que había trabajado sin descanso toda su vida, la casa llena de telas, de maniquíes y patrones. Nos enviaba dulce de leche, tartas de dulce de leche, magdalenas de dulce de leche, los más deliciosos alfajores que jamás probé (que se hacen con dulce de leche). Aquella mujer que hizo el vestido de novia de mi hermana, que le cosió setenta botones violetas a la espalda, de arriba abajo, como un desfile de florecillas.
Llegó la hora de irnos, de despedirse. Yo sabía que seguramente aquella era la última vez que contemplaba a esa persona, que nuestros ojos se encontrarían, que nos diríamos algo. Saldría por la puerta y me llevaría su última imagen. Y atesoré las palabras que me dedicó al despedirse porque sabía que, muy probablemente, eran las últimas. Así fue. Ella me dijo:
- Que tengas buena suerte, querida.
Y este poema, es para ella
Ese día me levanté tarde, como es habitual, me reuní con mis padres y tía en El Fontán, nos recorrimos Gascona bebiendo sidras y tras eso, en la agradable nube del alcohol y del sol de la tarde, fuimos a votar. De vuelta a casa, hablamos del futuro, de las ovejas descarriadas de la familia, esas cosas, mientras mi padre descorchaba un par de botellas de su propia sidra, hasta que mi madre dijo:
- Aida, ¿tú vienes?
- ¿A dónde? - Pregunté
- Al hospital, a ver a la madre de Mateo
- ¿Qué le pasa?
- Se está muriendo.
Mi madre siempre ha tenido el defecto de la sequedad característica de las buenas personas que, sin embargo, a veces son insensibles.
Llegamos al hospital. Al HUCA, esa mosntruosidad de oscuros cristales. Siempre le tuve cierta rabia, como si fuese un usurpador. A mi me gustaba el viejo hospital. Me gustaba de verdad, me traía buenos recuerdos de infancia, de cuando la enfermedad no era más que un dolor de barriga, o un ataque de asma en la madrugada, y bastaba ir hasta ahí para sentirse bien. Tras ello mi padre me compraba un chocolate de la máquina y, en lugar de regresar a casa, nos escapábamos a los pasillos oscuros, a los corredores apenas iluminados, llenos de ecos que mi padre convertía en historias de fantasmas, en enfermeras que se te acercaban por la espalda blandiendo bisturís.
Pero el HUCA no era nada de eso. En el HUCA ya no había nada de mi infancia, y la enfermedad era real, muchas veces intratable. Y la muerte, también. La muerte de verdad, la de la larga espera tendido en una cama, nada que ver con fantasmas o enfermeras asesinas.
La madre de mi cuñado se moría de cáncer, de varios, a decir verdad. Cuando entramos en la habitación ahí estaban su marido, dos de sus hijos (uno de ellos mi cuñado), y mi hermana, la persona más sensible que he conocido jamás, con el rostro demacrado. El aspecto de la enferma me impactó, claro. A lo largo de mi vida, sólo había visto a otro moribundo, y yo era muy pequeña, y la habitación tan en penumbra...
Nos quedamos un buen rato charlando, parloteando de todo y nada, haciéndole compañía a una mujer que había trabajado sin descanso toda su vida, la casa llena de telas, de maniquíes y patrones. Nos enviaba dulce de leche, tartas de dulce de leche, magdalenas de dulce de leche, los más deliciosos alfajores que jamás probé (que se hacen con dulce de leche). Aquella mujer que hizo el vestido de novia de mi hermana, que le cosió setenta botones violetas a la espalda, de arriba abajo, como un desfile de florecillas.
Llegó la hora de irnos, de despedirse. Yo sabía que seguramente aquella era la última vez que contemplaba a esa persona, que nuestros ojos se encontrarían, que nos diríamos algo. Saldría por la puerta y me llevaría su última imagen. Y atesoré las palabras que me dedicó al despedirse porque sabía que, muy probablemente, eran las últimas. Así fue. Ella me dijo:
- Que tengas buena suerte, querida.
Y este poema, es para ella
*****
La vida es una hora,
apenas te da tiempo a amarlo todo,
a verlo todo.
La vida sabe a musgo,
sabe a poco la vida si no tienes
más manos en las manos que te dieron.
Al final escogemos un lugar peligroso,
la punta de un puñal donde pasar la
un pretil, una vía,
noche.
Gloria Fuertes
Gloria Fuertes
¿Cómo se muere?
¿Se muere tranquila?
¿Se muere sin darse cuenta
o, quizás,
con una música tras los ojos,
un acorde suave y continuo
que siempre estuvo ahí?
¿Te mueres después de pensar mucho
o tratando de apartar la vista,
a la búsqueda ya
de la estación siguiente?
¿Te mueres en el presente
o en el pasado?
¿En España
o en Argentina?
¿Cómo se muere?
¿En silencio
para no molestar
a quien dormita junto a tu cama,
o después de un largo aviso,
¿Se muere tranquila?
¿Se muere sin darse cuenta
o, quizás,
con una música tras los ojos,
un acorde suave y continuo
que siempre estuvo ahí?
¿Te mueres después de pensar mucho
o tratando de apartar la vista,
a la búsqueda ya
de la estación siguiente?
¿Te mueres en el presente
o en el pasado?
¿En España
o en Argentina?
¿Cómo se muere?
¿En silencio
para no molestar
a quien dormita junto a tu cama,
o después de un largo aviso,
todos los adioses dichos
y escuchados?
¿Con las manos
apagándose sobre otras manos?
¿Con la frente y las mejillas
besadas tiernamente
por quienes te quieren?
¿Cómo se muere?
¿Ríes o lloras?
¿O no sabes muy bien
qué hacer
y estás nerviosa
como una novia?
¿En silencio profundo,
silencio de edad primera?
¿Cantando la canción más amada
o recitando el nombre
de los más queridos,
que son la misma cosa?
¿Cómo se muere?
¿Qué se sueña en una cama de hospital,
a punto de parir de cáncer,
teñida de amarillo
como arcilla que duerme al sol?
Tras todo una vida siendo tan buena,
cosiendo botones violetas
y vestidos blancos,
y escuchados?
¿Con las manos
apagándose sobre otras manos?
¿Con la frente y las mejillas
besadas tiernamente
por quienes te quieren?
¿Cómo se muere?
¿Ríes o lloras?
¿O no sabes muy bien
qué hacer
y estás nerviosa
como una novia?
¿En silencio profundo,
silencio de edad primera?
¿Cantando la canción más amada
o recitando el nombre
de los más queridos,
que son la misma cosa?
¿Cómo se muere?
¿Qué se sueña en una cama de hospital,
a punto de parir de cáncer,
teñida de amarillo
como arcilla que duerme al sol?
Tras todo una vida siendo tan buena,
cosiendo botones violetas
y vestidos blancos,
¿cómo se muere?
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