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Hambre de estaño

Los Dueños del Oro temían.
Los Dueños del Oro soñaban
con cuervos y muelas robadas.
Qué triste desgracia la suya,
que quienes no poseían tesoros
los anhelaban.
La mansedumbre tocaba a su fin
harta de trabajar sin ganar.

Los Dueños del Oro
¡tenían las pupilas tan frías!
Mirar de dragones avaros,
que recorrieron el mundo y lo abrieron
para robar sus tesoros y guardarlos.
¡Qué alegre el dormir
en las manos de un sol de metal!

Los Dueños del Oro
se reunieron y esto que os cuento
ocurrió:
espejitos de estaño
mandaron forjar,
espejitos redondos de humilde mirar.
Entre alharacas allí
donde una persona habitara
un espejito debía brillar.
Manos hechizaras no dudaron
en recoger los presentes.

Los Dueños del Oro dictaron,
como dueños de la historia y leyes:
- Que allá donde fueran
consigo el espejito debían llevar.
- Que todo niño a los cinco años
consigo el espejito debía llevar.
- Que a partir de entonces sería
aquel pequeño cristal
la posesión más preciada del Hombre.
- Que el oro no debía ser mirado
directamente por quien no lo poseía.
Que sólo a través del espejito
debía ser contemplado.

Los Dueños del Oro dijeron:
se acabó la enfermedad
del anhelo y la frustración
frente a un sueño que no se puede tocar.
¡A partir de ahora el sueño
estará en vuestras manos!
en todas las manos por igual...
Se acabó la avaricia,
la paz reinará.
¡Celebrad!
el momento culmen de la Humanidad.

Los Dueños del Oro fundaron
La Policía de Cristal,
que férrea zanjó toda rebeldía
igual que se cortan las flores.
Vencidos a base de tiempo ,
desilusión y costumbre
las generaciones terminaron
por creer la mentira:
que el reflejo era lo real.
Reinó la paz,
¡Ay!, bien poco duró.
¡Qué bueno tener un espejo! pero
¿y dos?
¿No será aún mejor?
Comenzó por robarse a los niños,
luego al débil o al bueno.
Ya no había amistad, amar o bondad.
Sólo todos contra todos, cuerpo a cuerpo.

Los Dueños del Oro vendían
espejitos a quienes, robados,
no los tenían.
Aún más ricos se hicieron
a base de vender reflejos.
Más pobres los pobres
a base de perderlos.

Los Dueños del Oro
ya no temían.
¿Quién contra ellos 
se iba a volver?
En una guerra por reflejos,
¿quién les buscaría
a ellos,
que no tenían
sino lo real?



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