Yo
soñé:
me lancé a un río inmenso,
Claro
como clara
es la risa que nace en el trino del
gorrión.
El
largo río estaba
surcado de flores
Y
grandes bestias hambrientas.
vi cómo se desgarraban
Y la espesa sangre roja
bailaba en el agua,
Formaba
dibujos
perfumaba mis senos.
Hundí
las manos acunando
el agua como quien acuna
Al
ave de ala herida,
y bebí, sedienta,
De
aquella corriente
donde la muerte, de gala, reinaba.
Sentí
una espina de fuego
bajando por mi garganta,
Estallando
en mil esquirlas,
clavándose, como metralla
En
cada nervio y vena.
a pesar de las flores,
Comencé
a temer el hambre de las bestias.
y río abajo
De
sangre y aguas claras
ya sólo pensaba en el miedo.
Pasaron
los días y las noches
y no había ni orillas ni remansos,
Ni
grandes rocas o espaldas de elefante
en que detenerme y huir de la corriente.
Tan
sólo cerrar los ojos
y respirar profundo
Contando
el dolor de mis pulmones,
sin cesar nunca de beber
El
agua aromada de sangre.
pero las bestias
Jamás
se volvieron contra mí;
pasaban, ominosas,
Engendros
de escamas plomizas,
saurios antediluvianos,
Vástagos
bautizados
por la bilis del tiempo
Que
los engendró a fuerza de hambre.
pero entonces el día
Del
frío repentino
bajo el pleno beso del atardecer,
Y al bajar la vista
incontables mordiscos de blanca edad
Me
astillaron los ojos.
el mundo se volvió implosión
Del
caleidoscopio de la locura…
sin embargo,
No
sentí miedo sino
incendio de hielo en las entrañas;
Un
deseo que,
de tan profundo y antiguo,
Era
el amor antes de la palabra.
el gran cocodrilo de alabastro,
Con
ojos color…
de lava, de estío, de llama,
Se
enroscaba alrededor de mi cintura,
y sus fauces sembradas
De
carne pútrida
reposaban, mansas y exigentes,
En
el áspero vello de mi pubis.
sin pensarlo,
Mis
manos abrazaron su cabeza
con el mimo que sólo
Se
reserva a los amantes,
y me tendí sobre él,
Dejándome
arrastrar
como el marino que,
Vanidoso,
se confía,
dueño y siervo, a su embarcación.
¿Cuánto
tiempo pasó?
¡inútil tantear en la memoria!
El
río era eterno, y nosotros
nos entregábamos de noche
A una cópula cadenciosa,
fría y tibia,
Primigenia
y monstruosa.
de día yo le veía a él,
Mi
gran cocodrilo blanco,
mi macho,
Enajenado
y sin furia,
cazar, despedazar, devorar
A sus congéneres.
pero de todos,
Él
era el más majestuoso,
el de
pupilas más dilatadas,
¿No
era la violencia su derecho?
me traía la carne
Correosa
y ensangrentada
de aquello grandes saurios.
Tras
el banquete
nos hundíamos de nuevo
Hasta
el olvido y la lucidez,
en el sexo.
¡Fueron
los días más felices
que conocí jamás!
Sin
palabras
nos pertenecíamos
Entre
las flores y la sangre,
en lo más inhóspito y salvaje de lo
posible,
En
el paroxismo de una unión
tan yerma, tan infértil.
Una
unión que no buscaba abrir
con
su lengua siempre pútrida
La
yaga de un futuro en que desovar,
sino que era simple presente
Y acorde de instante.
aprendí a trenzar
Con
flores mi pelo,
a dibujar filigranas
De
sangre en mi rostro.
me hice una sobria diadema
Con
los afiladísimos dientes
de bestias que eran ahora excremento,
Y escamas de mil tonalidades
brillaban, mustias,
Tarareando
alrededor de mi cuello.
quería ser hermosa para mi compañero,
Sentir
cada noche
su peso de roca inclemente
Demoledor
y dócil
al más mínimo de mis gestos.
en que lavaba con suaves
Jazmines
mis manos,
el agua siempre calma
Comenzó
a rugir rasgada
de muerte en un parto nefasto.
Me
abracé a mi blanco amante
cuyo titánico cuerpo, de repente,
Era
pluma en la brisa del río.
cerré los ojos y me dejé arrastrar
Hacia
una calma de sal.
al abrirlos nada
Había
a mi alrededor.
ni el blanco rey de las bestias,
Ni
flores ni sangre ni aguas claras.
tan sólo la más oscura e inmensa
Calma
hasta el fin de la imaginación.
sentí un pánico atávico,
Que
iba más allá de la muerte,
y desperté, por fin,
En
una parálisis de lluvia.
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