Mi abuelo murió de sangre de piedra en los pulmones.
Es decir, hablando sin enigmas,
de cáncer.
Y nunca lo supo.
Fue vencido fulminantemente,
pasmado, sin adivinar por qué.
Mi madre y abuela le guardaron el secreto a la Muerte.
"Si no hay nada que hacer, que se vaya tranquilo".
Asuntos de familia, eran otros tiempos.
Es decir, hablando sin enigmas,
de cáncer.
Y nunca lo supo.
Fue vencido fulminantemente,
pasmado, sin adivinar por qué.
Mi madre y abuela le guardaron el secreto a la Muerte.
"Si no hay nada que hacer, que se vaya tranquilo".
Asuntos de familia, eran otros tiempos.
Se le llenó la respiración de polvo levantando la casa de piedra,
la de Ruvalle, esa
hecha a trancas y barrancas,
con el tejado plano
y su habitación sin ventanas
y una celosía allá en lo alto los dioses sabrán por qué.
La levanto para él,
para no dar explicaciones.
De una cuadra hizo lo que quiso,
duros suelos, mares ondulantes de cemento,
La chimenea torcida
y las gallinas poniendo huevos
en el casco de la moto.
la de Ruvalle, esa
hecha a trancas y barrancas,
con el tejado plano
y su habitación sin ventanas
y una celosía allá en lo alto los dioses sabrán por qué.
La levanto para él,
para no dar explicaciones.
De una cuadra hizo lo que quiso,
duros suelos, mares ondulantes de cemento,
La chimenea torcida
y las gallinas poniendo huevos
en el casco de la moto.
"¡Aquello parecía vida de gitanos!"
Dice ahora mi madre,
con el mirar más amargo que nunca,
renegando de la edad de la higuera y el saúco,
sin luz eléctrica,
con campingas, velas, estrellas y tormentas que espantaban a los cristales.
Con lombrices asomando su viscosidad siempre fuera de lugar
por los grifos terminados en caucho de mangueras.
Sí, aquellos, los mejores tiempos,
los inagotables veranos, día tras día
puchero de arroz y pollo aguados.
Dice ahora mi madre,
con el mirar más amargo que nunca,
renegando de la edad de la higuera y el saúco,
sin luz eléctrica,
con campingas, velas, estrellas y tormentas que espantaban a los cristales.
Con lombrices asomando su viscosidad siempre fuera de lugar
por los grifos terminados en caucho de mangueras.
Sí, aquellos, los mejores tiempos,
los inagotables veranos, día tras día
puchero de arroz y pollo aguados.
Ya poco recuerdo de mi abuelo,
excepto que me enseñó a comer el fruto del endrino
y cuáles eran las flores favoritas de los grillos.
Años después de su muerte,
descubrí su odio por los animales negros.
Que tal vez el envenenó al gran perro
cuyo nombre, gritado desde el balcón por mi madre, he olvidado,
más guardaba devoto mi vera
y media insomne mis pasos.
Que abría el cercado de las yeguas negras
y las hacia correr camera arriba y abajo.
Tras ellas íbamos mi primo y yo,
a riesgo de reventarnos el pecho contra el azabache de sus sombras.
Que de una palizalLe hizo estallar los ojos a Kiki,
y hubo que sacrificarlo, por ello
no estaba el verano siguiente su ladrido tras la verja.
Que de haber seguido vivo hubiese matado a Canlo,
mi fiel compañero de lanas de carbón que, de todas formas
acabó atropellado y cubierto de sangres de ovejas.
excepto que me enseñó a comer el fruto del endrino
y cuáles eran las flores favoritas de los grillos.
Años después de su muerte,
descubrí su odio por los animales negros.
Que tal vez el envenenó al gran perro
cuyo nombre, gritado desde el balcón por mi madre, he olvidado,
más guardaba devoto mi vera
y media insomne mis pasos.
Que abría el cercado de las yeguas negras
y las hacia correr camera arriba y abajo.
Tras ellas íbamos mi primo y yo,
a riesgo de reventarnos el pecho contra el azabache de sus sombras.
Que de una palizalLe hizo estallar los ojos a Kiki,
y hubo que sacrificarlo, por ello
no estaba el verano siguiente su ladrido tras la verja.
Que de haber seguido vivo hubiese matado a Canlo,
mi fiel compañero de lanas de carbón que, de todas formas
acabó atropellado y cubierto de sangres de ovejas.
Cuando se murió mi abuelo, ni lo sentí.
No me llevaron ni una vez al hospital.
No acudí al velorio ni al entierro.
Me dijeron, simplemente
"Abuelito a muerto",
como quien anuncia
que el circo no volverá a la ciudad.
Sólo tras largos años,
Un día repentino,
me dio por llorarle la muerte,
no sabría decir por qué, creo
que por vergüenza de no llorarla en su momento
mas que por alguna pena.
Aún así, ahora,
siempre que piso la casa del valle le recuerdo.
No por construirla,
sino por morirse en el empeño,
sin darse cuenta,
los pulmones negros de tanto beber sangre de piedra.
No me llevaron ni una vez al hospital.
No acudí al velorio ni al entierro.
Me dijeron, simplemente
"Abuelito a muerto",
como quien anuncia
que el circo no volverá a la ciudad.
Sólo tras largos años,
Un día repentino,
me dio por llorarle la muerte,
no sabría decir por qué, creo
que por vergüenza de no llorarla en su momento
mas que por alguna pena.
Aún así, ahora,
siempre que piso la casa del valle le recuerdo.
No por construirla,
sino por morirse en el empeño,
sin darse cuenta,
los pulmones negros de tanto beber sangre de piedra.
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