Aunque planeo que este sea un blog dedicado mayoritariamente a compartir mis propios poemas y textos puede que precisamente por ello sea bueno que la primera entrada no tenga nada que ver. Como muches de vosotres sabréis: el primer día de clase no es para dar clase. (De este modo se presentó mi profesor de estética en la universidad. Aunque en su caso, no fue sólo el primer día el que no se daría clase).
Tal vez una míserable teatralización sea un buen modo de dar inicio al esperpento:
Tal vez una míserable teatralización sea un buen modo de dar inicio al esperpento:
Interior de un habitáculo desmesuradamente cúbico: no hay puertas, no hay ventanas. No se trata de que no exista salida alguna, sino de que la propia idea de salida jamás ha sido pensada. Las paredes, irrealmente lisas, son de un blanco impoluto que recoje y amplifica la vibrante luz de dos fluorescentes. En el centro del cubículo doce sillas, también blancas, forman un círculo perfecto. Todos los asientos están ocupados. El espacio está en completo silencio, quienes ahí se hallan parecen a la espera de algo, de cierto fenómeno. Por fin, una de elles se pone en pie. Todos los rostros se dirigen hacia ella, aunque da la impresión de que este gesto se produce más por inercia que por genuina curiosidad. La mujer comienza a hablar:
Mujer - Hola a todos, mi nombre es Aida Ruvalle
Todos a una - Hola Aida Ruvalle (parece que es un ordenador el que ha hablado)
Mujer - Tengo veintidos años y soy una estudiante, situación que, saltando de carrera en carrera, espero prolongar todavía un poco más: quisiera absorver todo el conocimiento del mundo, pero mi vida es limitada y, transmutando un poco la frase del bueno de Sócrates, sólo sé que hay cosas que no querría saber.
No me pregunten cómo he llegado a este lugar, el orden de los acontecimientos me espanta, y prefiero la súbita sorpresa de naufragar en una isla desierta sin haber sido consciente de la tormenta. Aun así, hay un par de cosas que puedo decirles y que acaso aclaren esta situación y nos acerquen los unos a los otros:
La primera, que junto con mi carrera de filosofía una etapa de mi vida ha concluido, y que aunque vaya a comenzar otra, es mucho lo que queda atrás. Y entiéndanme literalmente cuando digo atrás: algunas cosas me llevo, pero son más las que siguen su curso por un río diferente al mío. Que si he de hacer el recuento, me voy con el pecho lleno de bajas.
La segunda, que harta de sólo escuchar el hueco eco de lo perdido he decidido pasar a la acción y la conquista. (No vengan a pedirme un plan de ataque definido, yo sólo digo que se me han endurecido los ojos).
La tercera, que nunca he estado enamorada, pero que, al contrario que los orgasmos, el amor he aprendido a fingirlo con bastante decencia.
La cuarta, por último, que últimamente me obsesiona el Perro Semihundido - Hace una pequeña pausa, esperando acaso que esta última declaración coseche alguna reacción, pero el resto de personas permanecen igual de impasibles que al principio - Debo aclarar que este cuadro siempre me ha rondado, pero que de un tiempo a esta parte lo llevo irremediablemente clavado tras los ojos. Se darán ustedes cuenta de cual es, no lo dudo. Porque será un hombre concreto quien lo pintó, pero yo les digo que la imagen de ese perro lleva desde el inicio de los tiempos en el corazón de la humanidad, y nos tienta desde las tinieblas del subconsciente. ¿A qué nos tienta? ¡Pues a convertirnos en el perro! Una voz primaria nos susurra que nos dejemos vencer, que cesemos de avanzar tras nuestro dueño (¿por qué dueño siempre, por qué no compañero o compañera o compañere o...) y nos hundamos en el barro lastimeramente. No, no hundirnos, sino semihundirnos ¡para encima eso!: ni al fondo del abismo ni sobre los caminos; sino quedarnos a medias, sin valor para un acto completo, para matarnos o salvarnos por nosotros mismos. Ahí nos quedamos, en mitad de la senda, entorpeciendo el paso como monigotes bobos, esperando dócilmente a que llegue quien lleve la mano a nuestro cuello, ya sea para tirar del pellejo y liberarnos de nuestra prisión de barro, ya sea para retorcérnoslo y... liberarnos. - De nuevo una pausa. Pero esta vez la mujer no espera reacción alguna por parte de su auditorio sino que, con los ojos perdidos, parece mirar hacia algún paisaje muy lejano - Pues verán, ahora que lo pienso, aunque sigo sin poder explicarles cómo he llegado hasta aquí, sí que conozco el porqué. Para decirles esto: que yo no pienso ser como el perro, pero tampoco pienso salvar a ningún perro.
No me pregunten cómo he llegado a este lugar, el orden de los acontecimientos me espanta, y prefiero la súbita sorpresa de naufragar en una isla desierta sin haber sido consciente de la tormenta. Aun así, hay un par de cosas que puedo decirles y que acaso aclaren esta situación y nos acerquen los unos a los otros:
La primera, que junto con mi carrera de filosofía una etapa de mi vida ha concluido, y que aunque vaya a comenzar otra, es mucho lo que queda atrás. Y entiéndanme literalmente cuando digo atrás: algunas cosas me llevo, pero son más las que siguen su curso por un río diferente al mío. Que si he de hacer el recuento, me voy con el pecho lleno de bajas.
La segunda, que harta de sólo escuchar el hueco eco de lo perdido he decidido pasar a la acción y la conquista. (No vengan a pedirme un plan de ataque definido, yo sólo digo que se me han endurecido los ojos).
La tercera, que nunca he estado enamorada, pero que, al contrario que los orgasmos, el amor he aprendido a fingirlo con bastante decencia.
La cuarta, por último, que últimamente me obsesiona el Perro Semihundido - Hace una pequeña pausa, esperando acaso que esta última declaración coseche alguna reacción, pero el resto de personas permanecen igual de impasibles que al principio - Debo aclarar que este cuadro siempre me ha rondado, pero que de un tiempo a esta parte lo llevo irremediablemente clavado tras los ojos. Se darán ustedes cuenta de cual es, no lo dudo. Porque será un hombre concreto quien lo pintó, pero yo les digo que la imagen de ese perro lleva desde el inicio de los tiempos en el corazón de la humanidad, y nos tienta desde las tinieblas del subconsciente. ¿A qué nos tienta? ¡Pues a convertirnos en el perro! Una voz primaria nos susurra que nos dejemos vencer, que cesemos de avanzar tras nuestro dueño (¿por qué dueño siempre, por qué no compañero o compañera o compañere o...) y nos hundamos en el barro lastimeramente. No, no hundirnos, sino semihundirnos ¡para encima eso!: ni al fondo del abismo ni sobre los caminos; sino quedarnos a medias, sin valor para un acto completo, para matarnos o salvarnos por nosotros mismos. Ahí nos quedamos, en mitad de la senda, entorpeciendo el paso como monigotes bobos, esperando dócilmente a que llegue quien lleve la mano a nuestro cuello, ya sea para tirar del pellejo y liberarnos de nuestra prisión de barro, ya sea para retorcérnoslo y... liberarnos. - De nuevo una pausa. Pero esta vez la mujer no espera reacción alguna por parte de su auditorio sino que, con los ojos perdidos, parece mirar hacia algún paisaje muy lejano - Pues verán, ahora que lo pienso, aunque sigo sin poder explicarles cómo he llegado hasta aquí, sí que conozco el porqué. Para decirles esto: que yo no pienso ser como el perro, pero tampoco pienso salvar a ningún perro.
Los ocupantes del habitáculo muestran la misma impasibilidad que a lo largo de toda la escena.

Comentarios
Publicar un comentario